martes, 2 de diciembre de 2008

Guerra de los cien años

Mientras Felipe Calderón encabeza una guerra sin cuartel contra la oferta de las drogas (y que evoca más a la "guerra de los cien años" que a la de los "cien días"), su esposa, Margarita Zavala, lo hace contra el consumo de las mismas. Margarita tiene más probabilidades de ofrecer resultados en esta empresa, que Felipe en la suya. Si el combate al consumo de drogas contara con mayor atención y recursos gubernamentales de los que ahora dispone, entonces el origen del problema sería manejado con mayor eficacia. Y desde luego, si al uso y abuso de las drogas se les tratara exclusivamente como lo que son - un problema de salud pública -, nos ahorraríamos los graves problemas de seguridad pública – y cada vez más de seguridad nacional - asociados al mercado negro de narcóticos.

Por ejemplo, en una visita a un Centro de Integración Juvenil (CIJ) en Acapulco, Margarita previno contra los primeros acercamientos de los niños a las drogas, pues de acuerdo a diversos estudios, la probabilidad de adicción a esa droga es mayor cuando se ingiere por primera vez por debajo de los quince años (Excélsior, 17/Oct/08). De ahí la importancia de blindar a los niños, tanto como sea posible, de los narcóticos. Pero aquí hay una paradoja, pues en un esquema de alta inseguridad derivado del combate a la oferta de drogas, como el que vive México, los niños que logren evitar el consumo de drogas (gracias a una orientación adecuada por sus padres y maestros), están sujetos – como el resto de los ciudadanos – a los peligros propios de la guerra contra el narco. Así, Margarita instó a los padres y maestros reunidos en el CIJ de Acapulco a hacer un esfuerzo de prevención, "Para que no exista un primer acercamiento y se pueda ver a los jóvenes guerrerense y mexicanos libres, caminando con el futuro en las manos". Un futuro que, sin embargo, podría ser de pronto cegado si esos niños y jóvenes se topan con un retén militar, donde por error reciban una ráfaga de metralla. O bien podrían encontrarse en medio de un fuego cruzado entre narcos y policías (o entre dos bandas de narcos, o entre policías municipales y federales, o entre militares y policías, o entre…). O podrían ser alcanzados por una esquirla de granada de fragmentación al salir a pasear con su familia. O incluso recibir un balazo en su escuela, durante el recreo, como ocurrió al niño Rubén Emir Serrano en Cuernavaca. A estas alturas, deben estar falleciendo anualmente más víctimas civiles como consecuencia de la guerra contra el narco que por la ingestión de drogas ilegales.

Por otro lado, quienes se oponen a una eventual despenalización de las drogas (por ejemplo, de la mariguana), sostienen que no cabe distinguir entre drogas 'blandas' y 'duras'; todas son duras. En cuyo caso, también así deben considerarse el tabaco y el alcohol, que son letales. Y es que cuando se mencionan los graves daños a la salud que provocan ciertas drogas ilegales, salen también a flote los perjuicios provocados por el tabaco o el alcohol, tan dañinos o más que muchos otros estupefacientes. Hace algunas semanas se presentaron ante el Parlamento inglés un grupo de científicos británicos en pro de la despenalización del cannabis, aduciendo que por cada tres muertes provocadas por esa hierba, se registran 150 mil producto del alcohol y el tabaco.

De hecho, la propia Margarita, en su discurso en Acapulco, citó un estudio publicado en el mes de octubre en la revista Psychological Science, en donde se reportan resultados de una investigación consistente en seguir a mil niños estadounidenses hasta llegada la edad de 27 años. Se encontró que aquellos que había consumido alguna droga antes de los quince años, eran más proclives a hacerse adictos que quienes consumen por primera vez los narcóticos en edades posteriores. Además, esos consumidores prematuros estaban más expuestos a contraer enfermedades por vía sexual, quedar fuera del sistema educativo o incurrir en algún delito. En el caso de las mujeres, era más probable que quedaran embarazadas antes de los 21 años. Pero al final de la investigación se aclara que los casos que con más frecuencia se cayó en esos riesgos fue cuando la droga ingerida era… el alcohol, el mismo que se puede adquirir en bares y restaurantes, en tiendas y supermercados. ¿Por qué entonces está legalizado ese letal narcótico? Cualquier respuesta que se ofrezca a esa pregunta (como sería evitar el resurgimiento de un sangriento mercado negro), es también aplicable al resto de las drogas. Aquí ya no cabría hacer distinciones; si todas las drogas son duras, también lo son el alcohol y el tabaco.

Finalmente, el argumento de que la legalización dispararía su consumo, es cuestionado al menos por el Observatorio Europeo de las Drogas y las Toxicomanías (OEDT). De acuerdo con su último informe, el consumo de drogas en personas entre 16 y 64 años en el viejo continente es de 8.5 por 10 mil habitantes. Pero el mismo dato para el caso de Holanda es de apenas de 3 por 10 mil habitantes. En España, la adicción a drogas inyectables representa 3 por cada 10 mil habitantes; en naciones como Italia llega a ser de 8 por cada 10,000. En Holanda, ese indicador es de apenas .2 por cada 10 mil habitantes. El número de adictos a opiáceos en una ciudad permisiva con la mariguana, como lo es Ámsterdam, se ha reducido entre 1998 y 2005 en más de 50 por ciento. De tal modo que conviene seguir reflexionando sobre la racionalidad o irracionalidad de tratar un problema de salud pública -en el que los afectados son los pocos que voluntariamente abusan de las drogas- como uno de tipo policiaco, político, militar y de seguridad nacional, producto de la prohibición -en donde los afectados somos los muchos que vivimos bajo un Estado acosado, rebasado y entrampado en una guerra de cien años-.

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