¿Te acuerdas, Chavela Vargas, cuando eras una niña chiquita, menudita, y cuando llegaron los curanderos para tratar de aliviar tu dolor, el mismo que te acompañaría toda la vida, no sólo en lo físico, sino en el alma en ésa que también traías bien herida? Pero ese dolor no te mató, te inyectó vitalidad, un desgarro apasionado que se guarda en tu garganta, en tu corazón, una capacidad de ver en los resquicios de los días -aun en los peores- un rayo de luz, una fe en ti misma que te ha mantenido erguida, así como se ve en el escenario: devolviendo más vida de lo que la vida te ha dado. Esos días, en los que varias enfermedades se apoderaron de tu cuerpo, en los que tus padres se divorciaron, en los que vivías momentos de desamor y abandono, fueron los días en los que se forjó tu espíritu. ¿Cuántas niñitas se habrán sentido igual en esa Latinoamérica machista de principios del siglo XX? La soledad fue tu compañera y, en respuesta, tú te hiciste fuerte; decían que eras "valentona, indomable, arrogante". Ahí, aprendiste a usar las armas, una pistola calibre 22 y luego una calibre 45: "Mi infancia fue tan solitaria que aquellas armas me hacían compañía; aprendí a utilizarlas para matar las culebras de los excusados, no digo más".
La adolescencia te llegó entre cafetales y plantaciones, ahí recogiste naranjas, cortabas el café, caminabas sola por los campos. Aquellos tiempos te cimbraron; hasta la luna, en tus paseos nocturnos, se apiadó de tu sufrimiento silencioso, sabías bien que el mundo era más grande y vasto. Ningún jueguito de té ni muñecas te impresionaba, preferías andar por la tierra, libre, entre piedras y pistolas.
Eras la rara: "Cuando era pequeña me dijeron que me iban a excomulgar por ser lesbiana. Yo era lo peor que se podía ser, y había llegado al límite al que podía llegar. Me decían aquellas cosas porque era niña y porque así me mataban el alma".De tus amores se sabe poco, has sido discreta, Chavela, aunque conoces bien lo que es sufrir de mal de amores. Las mujeres han pasado por tu vida, sí, y hasta te han inventado cosas, te tachaban de robaesposas, y tú, de frente, sin pelos en la lengua, decías: "En mi vida he robado nada a nadie. Si las señoras venían conmigo era porque querían, que yo a nadie obligaba. Por supuesto, yo les decía piropos, pero eso no hace mal a nadie y, para ser sinceros, a la mayoría de las mujeres les encanta que las halaguen".
Sabes de las cosas importantes de la vida -los sueños, la muerte, el sufrimiento, el desamor, la esperanza, la libertad-, por eso cuando cantas tocas las emociones de los que te escuchamos, ¿y sabes por qué?, porque los vives a flor de piel, los traes pegaditos al cuerpo. Eso te abrió las puertas. Cuando cantabas con esos "valientes cantantes mexicanos", como Jorge Negrete, Pedro Infante o José Alfredo Jiménez, te enfrentaste con ellos a punta de... voz y canto. Cantando en la XEW y recibiendo 10 pesos por programa.
Querías cantar como los mexicanos y te hiciste amiga de los "grandes". ¿Te acuerdas cuando le llevaron serenata a María Félix tú y José Alfredo? Era tu época de derroche musical, fiestas y tragos, tiempos de "cabaret y balazos".
En esos días conociste a Frida y a Diego en una fiesta de las tantas que daban en la Casa Azul, en Coyoacán. Tendrías como 25 años. Frida preguntó quién eras y le dijeron: "Es Chavela Vargas. Anda en la cosa artística". Te fuiste a sentar a su lado y conversaron hasta entrada la madrugada. Se hicieron amigas, te invitó a quedarte a dormir en uno de los tantos cuartos de la casa. Diego, con quien también entablaste una gran amistad, te ponía un perro xoloitzcuintle en los pies, por si te daba frío en las muchas noches que pasaste en esa casa.
Entre la década de los cincuenta y los setenta, Chavela ya era Chavela Vargas, aplaudida en cualquier escenario, adorada por intelectuales, artistas y por la gente de barrio. Te consideraban musa Juan Rulfo, Agustín Lara, entre tantos otros. Con José Alfredo conociste el México bronco, la calle, los pleitos y las cuentas por pagar de mariachi. Llevaste tu canto herido a plazas como el Olimpia de París, el Carnegie Hall de Nueva York o el Palacio de Bellas Artes de la Ciudad de México. En esos años te apropiaste del sufrimiento, la generosidad, el "sentir desde las entrañas" de los mexicanos.
Has hecho de todo y no te arrepientes de nada. Qué gusto una mujer de tu calibre, Chavela. Te has levantado quitándote el polvo de encima, has recibido maldiciones y bendiciones. El sufrimiento lo has vuelto gozo. Cada concierto tuyo es un recordatorio de que los sueños se pueden volver reales si se tiene coraje, agallas, si al dolor se le convierte en cuchillo para desgarrar la vida. Vestida con tu clásico poncho, tu pantalón de pana y saco negro, con tus botines que han pisado los escenarios de mayor calibre, sigues amando, amando tus recuerdos, tu presente, a tu público. Estás entera, más entera que nunca a tus recién cumplidos 90 años.
jueves, 23 de abril de 2009
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