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lunes, 2 de marzo de 2009

Narrativa

Las metáforas del mando giran con frecuencia alrededor de las imágenes de la acción arriesgada: el capitán que conduce una embarcación en aguas revueltas; el cirujano que detecta la enfermedad y aplica la cura, el cirujano que abre la piel para extirpar el tumor, el general que diseña la estrategia de ataque y dirige a las tropas en el combate. Las metáforas también bordan el universo de la planeación reposada y cerebral: el arquitecto que traza líneas para proyectar los espacios de la convivencia; el ingeniero que diseña las catapultas de la acción colectiva. El gobernante como general, como diseñador, médico o capitán. Si seguimos esas alegorías asumiremos que el gobernante actúa directamente en la realidad y responde solamente por el resultado de sus actos. Equipado de los instrumentos de su oficio, diseña un puente o planea una batalla. El mando en el lápiz, el bisturí, las riendas. Los efectos de su inteligencia habrán de verse directamente en el mundo: victoria en la guerra, arribo al puerto; alivio del paciente; levantamiento de la casa.

Un componente esencial de la labor política se ausenta en cada uno de esos símbolos: la labor de la narrativa. Es que la acción política no depende en exclusiva de sus instrumentos ni de sus maniobras. En eso se separa de aquellas alusiones a la inteligencia práctica. El arquitecto ha de ser también fabulista; el comandante debe ser cuentista, el capitán un narrador. En la televisión puede verse el cuento de un médico genial que es capaz de escapar los engaños de sus pacientes para descubrir las enfermedades más encubiertas. Un científico con la sabiduría de un cínico y la rudeza de un salvaje. La aspereza de su trato no obstaculiza el tino de su juicio. Por el contrario, el taladro de su inteligencia se abre paso gracias al olvido de las cortesías. El doctor House que aparece en la televisión sabe que no hay más que una herramienta para la cura de sus pacientes: la ciencia. Por eso no hay razón para perder el tiempo en amabilidades y consuelos; ninguna razón para confiar en la voz del enfermo ni para malgastar energía animando al moribundo con esperanzas. Al paciente no se le explica nada: se le cura. Basta una percepción aguda y familiaridad con los descubrimientos de la ciencia. El personaje de la serie ilustra el carácter rigurosamente técnico de su oficio. El doctor House se acerca a un paciente con la pasión con la que un hombre de ciencia acomete un experimento que lo pone a prueba. Un desafío estrictamente intelectual: la enfermedad es una carrera contra reloj: lograr el diagnóstico y prescribir el tratamiento antes de que gane la muerte. Punto.

Me refiero al hecho de que la acción política no es solamente acción. También es narración. No es solamente decisión sino también relato sobre el contexto en el que se inserta esa decisión. No basta el diagnóstico, es necesaria una descripción persuasiva. No es suficiente la prescripción, hace falta también una invitación.

Hablo de esto porque el estrechamiento de la política en México coincide con su abdicación narrativa. Tras la fábula de la nación descubierta y la ruta mexicana al progreso de la vieja retórica revolucionaria apareció un cuento fugaz: el país que asalta la modernidad por el puente de la aritmética electoral y la economía abierta. El agotamiento de esos relatos dejó un enorme vacío que ha sido remplazado por la simple descripción de hechos que se acumulan y la exhibición de decisiones inconexas. Ese es uno de los vacíos más profundos del panismo gobernante y, particularmente, de la administración de Felipe Calderón. Tiempos extraordinarios, dramáticos, cargados de peligros que no encuentran en los voceros oficiales más que enumeración de eventos, recuento de hechos, anuncio de decisiones, presunción de valentía. Nada que enlace los datos y las anécdotas, nada que inserte el caos del presente con algún otro tiempo significativo, nada que vincule los riesgos con las oportunidades. Estamos atrapados en un tren, sin poder ver el mirador del primer vagón. Sin posibilidad tampoco de asomarnos a lo que hay más atrás de lo inmediato. Por la ventana vemos cuerpos tendidos, cadáveres sangrientos pero no sabemos a dónde vamos. Escuchamos gritos, sentimos miedo. Del vagón del conductor emergen mensajes inconexos, incoherentes que describen el optimismo como una forma de patriotismo. No sabemos si avanzamos hacia la tranquilidad o si estamos más cerca de la catástrofe. El maquinista no ofrece información relevante: simplemente nos pide un voto de confianza. No cierra nuestras ventanas, ni pretende proyectar una película con paisajes primorosos, es cierto. No nos engaña, pero tampoco nos ubica, no nos ayuda a ponderar los retos, ni a percibir el rumbo. Sin suerte, intenta animarnos.

En ausencia de una narración convincente desde el gobierno, en ausencia de un relato razonable y verosímil, impera una profunda confusión. A falta de relato que ponga las cosas en su sitio, a falta de una historia que explique génesis y transformación de nuestra crisis y que explique el propósito y el alcance de la política gubernamental, impera el caos de imágenes que nos bombardean los medios. Nos salpica una violencia sin sentido que aparece por todas partes. Impera la inmediatez del periodismo. No aparece por ningún lado el faro de la política. Un gobierno sin narrativa no hace política. Por más que actúe, por más que hable, es incapaz de proveer sentido a las circunstancias y dirección a sus acciones. No hace política: se rasca, reaccionando a la comezón de los eventos

lunes, 16 de febrero de 2009

Estado débil y dependiente

Si la noción del Estado fallido es inadmisible y absurda, es necesario tratar de describir las profundas fallas del Estado y ubicar las fuentes de su miseria. Aquel concepto nace, más que del interés por conocer, de la ansiedad de la última potencia. Tras el desmoronamiento de su poderoso enemigo, la mirilla imperial enfoca a las nuevas amenazas. Se pretende detectar al enemigo que la impotencia incuba. Ya no atemoriza el imperio del mal; sino el mal que el desgobierno fomenta. La cartografía de peligros marca el itinerario de la intervención armada. Los territorios del Estado fallido se convierten de inmediato en candidatos a una ocupación militar que instaure orden, construya ley y forme naciones.

Pero, independientemente de que aquella camisa no nos quede, el fracaso del Estado mexicano es inocultable. Todos los días conocemos rudos testimonios de su quiebra. El mosaico de cualquier diario presenta un paisaje desastroso. El Estado es incapaz de instaurar el orden, de garantizar tranquilidad a lo largo del territorio. La violencia criminal cobra víctimas cotidianamente. La atrocidad a la que nos acostumbramos no es sólo aniquilamiento de enemigos, sino también intimidación a todos los que se dispongan a oponerse al crimen organizado. Columpiándose entre los métodos terroristas y las prácticas de la oposicion constitucional, los criminales retan al poder, a los ciudadanos, a los medios. En el mural cotidiano de la prensa presenciamos también la inserción del delito en todos los cuadros de las instituciones públicas. A la contabilidad de la violencia se suma el registro de la corrupción. Una estampa que se ha repetido un par de ocasiones es particularmente elocuente: se desarma a la policía local para ofrecer seguridad a un pueblo. El Leviatán convertido en fuente de anarquía; el Estado, un proveedor de inseguridad. El fracaso se constata también en la incapacidad del orden institucional para hacer cumplir sus propias leyes. Léase con atención el recuento que la Suprema Corte de Justicia ha hecho de las ilegalidades en el caso Atenco. El relato es descripción de una ilegalidad hecha rutina; retrato de un poder que emplea su título como permiso de venganza. Ilegalidad sustentada en la falta de adiestramiento de los cuerpos de seguridad y también en el empleo faccioso de los instrumentos de justicia. Además del abuso de los cuerpos de seguridad, la intervención del máximo tribunal mexicano ha puesto en evidencia la subordinación de las investigaciones al interés político. Los atropellos no tienen consecuencias. La impunidad encuentra en el orden político su seguro más franco. Penosamente la resolución de la Suprema Corte de Justicia convalidó el régimen de impunidad.

Pero el fracaso del Estado mexicano no se detiene en esa órbita de una legalidad tronchada. Su extrema debilidad se muestra también en la desaparición del interés público. El Estado no existe solamente para dictar e imponer ley. Se funda también para asegurar políticas que sirvan al interés general. La democracia presenta en ese aspecto, un reto delicado. Por una parte asegura a cada ciudadano voto para influir en la formación de los órganos de representación. Pero por otro lado, alienta aglutinaciones de poder que logran afianzar su interés por medio de los propios vehículos del pluralismo. Por eso puede decirse que el Estado mexicano suma a su incapacidad pacificadora, un segundo fracaso: su dependencia.

El ingreso de México a la democracia quedó marcado con el proceso de subordinación estatal a los grupos de interés. La sumisión es resultado de un proceso complejo en donde intervienen factores fiscales (la extrema debilidad recaudatoria del Estado mexicano); políticos (la herencia de un régimen corporativo donde las viejas subordinaciones adquieren súbita beligerancia e independencia); sociales (la ancestral concentración de la riqueza); económicas (la coagulación monopólica). También tiene un interesante capítulo intelectual. Me refiero al entendimiento de la democracia como el vaciamiento de una voluntad propiamente política. El simplismo democrático—sobre todo el del panismo gobernante—ha entendido al gobierno como una caja hueca que recibe demandas para transformarlas en leyes y decretos. La tarea de la administración sería, entonces, tomar, absorber, adoptar las demandas de la "sociedad civil", integrarla con otras exigencias y, tras ventilarla en el Congreso, dictar las leyes posibles.

Así, el espacio estatal ha sido exitosamente capturado por intereses privados. Los árbitros, los órganos de la neutralidad, las instituciones de Estado actúan en buena medida como apoderados de intereses particulares. Un liberalismo antipolítico parece confirmar involuntariamente las tesis políticas de Marx: el Estado como garante del interés particular. El cuadro muestra dos gravísimos fracasos del poder político. Fracaso del Estado que establece el orden; fracaso del Estado que canaliza el interés general. A la impotencia del Estado frente a los criminales, habrá que agregar la abulia del Estado frente a los poderosos.