viernes, 24 de abril de 2009

DIA DEL LIBRO

Esta semana vino preñada de efemérides y de materia celebrable. Ya fue el Día de la Tierra y fueron muy pocos los que felicitaron a esta abnegada madre tierra que no sé ni cómo, pero nos aguanta a todos: a los que la ofenden y a los que tratan de granjearse un perdón para esas ofensas. Aunque sea de modo tardío, yo felicito a esta sufrida mamuchis y le doy un abrazo lo más apretado posible y le regalo, en complicidad con Quique el de las Mudanzas, varios miles de oyameles. Con esta elegante caravana con sombrero ajeno doy por terminados los terrícolas festejos y paso con indecible alegría a celebrar a San Jorge que es un santo al que la Iglesia ya lo trae muy disminuido. Como bien aprendimos en nuestra infancia, San Jorge era todo un caballero que iba en su cuaco por el mundo cante y cante en la constante búsqueda de aventuras que le dieran lustre a su apellido y gloria eterna a su prosapia. En Inglaterra, San Jorge es un idolazo de la talla de Drogbá y de otros futbolistas. Yo no sé a la Iglesia qué le dio por obliterar a este santo tan simpático y que, salvo a los dragones, a nadie hacía daño. Por aquí comenzó la cosa, por los dragones que, según la Iglesia, no existían ni habían existido nunca. Aquí sí la Iglesia se vio medio payasita. Es como si me dijeran que no existen los ángeles, nuestros celestiales guaruras, que son tan útiles para tantos recados y encomiendas; o que no existen las ánimas del purgatorio a las que ya les cerraron el changarro por incosteable y andan por el mundo o el trasmundo peregrinando como los aztecas en busca de un terrenito donde instalar la colonia "Nuevo Purgatorio", Primera Sección. Lo peor es que andan todas encueradas y con el fuego interconstruido como si fuera una falda hawaiana.

Así pues y volviendo a San Jorge, su dragón de nombre Fergie se fue sin más a jondear changos por la cola. Y así San Jorge se quedó solito con su casco y armadura, su lanza, su espada, el puñal, la maza con picos e infinidad de armas más que le permitían enfrentar victoriosamente todo tipo de bichos y plagas caseras; desde viles ratones hasta gigantescos dragones que arrojaban lumbre por la boca. Ya sin su dragón (aquí el avisado lector podrá deducir cuánto enriquecen y apuntalan nuestra existencia nuestros enemigos), San Jorge se fue desdibujando como lo hacen los amantes desalentados que terminan, como San Jorge, desapareciendo. A lo mejor tendría que haberse casado para así disfrutar de una de esas dragonas domésticas que, como bien me consta, también arrojan fuego y lava y pedacitos de huevo con jamón por sus poderosas fauces.

El caso es que del dragón y de San Jorge sólo nos quedan los libros, pero esto es mucho decir. Los libros son nuestras reservas probadas de humanidad, la memoria de nuestra tribu, nuestro más completo álbum de recuerdos, el compendio de lo que nuestra imaginación ha ido dibujando en el espacio recóndito de nuestra intimidad. Un libro es un gran acto de impudor que nos permite, por ejemplo, asomarnos al espíritu volcánico de Malcolm Lowry y descubrir con horror y con alivio lo semejante que es a nosotros. Leer un libro es correr el riesgo de tropezar con Tolstoi o Dostoyewsky y perdernos, quizá para siempre, en la inmensidad del alma rusa. Leyendo encontramos nuestro centro y nuestro lugar en el mundo. ¡Cuánto menos sería yo sin Borges, sin Neruda, sin Pellicer y sin el Gabo!. Hagámoslo por San Jorge; pongámonos a leer.

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