A finales de 2006 se encuestó a centenares de jóvenes españoles acerca de las profesiones más calificadas, según el registro de ellos mismos, para el futuro. Por supuesto, las del área de "humanidades" salieron con muy baja puntuación y las de "económicas" alcanzaron el tope. Esto es: se privilegian los ingresos a futuro sobre cualquier posibilidad de servicio social aun cuando, como sabemos, los despachos de abogados no suelen presentarse como altruistas ni los políticos andan a salto de mata en busca de sus ingresos cotidianos; pese a ello, a éstos sus fortunas les desnudan, incluso les presentan como corruptos, a diferencia de los insondables especuladores de altos capitales a quienes, más bien, les visten. Socialmente, el estatus define destinos y ampara ambiciones.
La vocación periodística igualmente se inscribió a la baja. Es, para decirlo sin eufemismos, de las más desprestigiadas. Y hay razón para ello: las proverbiales persecuciones a los "famosos", muchos de los cuales gozan del favor del público, y los constantes señalamientos a la supeditación de informaciones al "mejor postor", anulan el interés de quienes, en al arranque de sus vidas, se proponen no permanecer en los pantanos sino superarlos para vivir sin aflicciones. También, claro, la perspectiva de los altos riesgos que se afrontan y no sólo por los corresponsales de guerra sino por cualquiera que se anime a denunciar hechos comprometedores-, inhibe a los bisoños que apuestan por la tranquilidad y la existencia sin apreturas. La carrera, por tanto, es desdeñada desde dos ópticas completamente equidistantes, entre los vicios y los aceros.
Recuerdo que, alguna vez, uno de los jóvenes hijos de un director de diarios independientes, al conocerme y enterarse de los azarosos pasajes que han marcado mi andar por los caminos de la información, preguntó casi con aire inocente si tenía sentido afrontar tantos peligros y vicisitudes, con los consiguientes sacrificios personales y las auditorías permanentes de la opinión pública, escéptica con razón por tanto como se le ha ofendido y mentido, para cumplir la misión informativa. Le hablé, desde luego, de la vocación, de la trascendencia de asegurar la comunicación entre los seres humanos ejerciendo nuestra libertad y puntualicé:
--La crítica, por ejemplo, es un valioso contrapeso para frenar los abusos del poder y no sólo el político.
No sé si lo convencí pero aquel diálogo, refrescante y llano, me sirve para reflexionar a cada rato sobre las razones por las cuales debemos impulsarnos, cada día, hacia adelante. Acaso también nos impulsan las voces silentes de las tumbas que guardan a quienes han sido víctimas de la represión intelectual. Mientras más cercanas, y ya tocamos con las manos a centenares, mayor nuestro escudo interior aun cuando no por ello puedan disiparse las emboscadas.
Los agobios se repiten por doquier si bien no en todos los casos con igual repercusión en los medios. Más ahora cuando los reacomodos persisten en un clima agobiante que resalta los vacíos de poder y las disputas territoriales, lo mismo de cárteles en busca de dominios que de partidos demandantes de votos, ante un gobierno vulnerable, maniatado por sus limitaciones financieras y operativas-, cuyo rosario de "buenas intenciones" apenas alcanza para encoger los hombros de los escépticos, la mayor parte de los mexicanos. Ante un cuadro así es evidente la importancia del periodismo que mantiene velámenes de libertad sobre las andanadas de los mercenarios de siempre. Ya vienen las campañas, otra vez.
Llega a mi mesa de trabajo la valerosa denuncia de Ana Lilia Pérez, periodista, quien tuvo la osadía de indagar los redituables contubernios, políticos y económicos, entre un poderoso consorcio del norte, el de los hermanos Zaragoza "Zeta Gas" que integra, nada menos, ochenta empresas concesionarias de PEMEX-, y la familia Mouriño, arraigada en Campeche y de raíces gallegas, de la que salió un notable funcionario público, Juan Camilo, convertido en el "delfín" de la derecha institucional hasta su trágica muerte el pasado 4 de noviembre a la que oficialmente se califica como un "accidente", provocado claro por la impericia de dos pilotos con muchas horas de vuelo pero incapaces de vadear la turbulencia, provocada por una aeronave que precedió a la suya, cuando comenzaba el descenso al aeropuerto de la ciudad de México. Un misterio más que se suma a las escenografías habituales de nuestro sistema peculiar.
Ana Lilia optó por desaparecer dejando una grabación en la que indica su temor a ser confinada, perseguida por el delito de "daño moral" que llevó a la detención de su conocido editor, Miguel Badillo Cruz, por mucho tiempo especializado en las investigaciones sobre la manera de proceder de las mafias en México, sin que se diera ningún citatorio ni se cumpliera otra diligencia, esto es como si informar fuera un ilícito de lesa humanidad como lo es, claro, el narcotráfico y todas las secuelas del crimen organizado. A este extremo hemos llegado.
Por cierto, hace unas semanas fue aprehendido, en Chiapas, el ex fiscal general Mariano Herrán Salvatti, quien en otros tiempos fue también llamado "zar antidrogas"antes de ser designado procurador de Chiapas con el padrinazgo del ex gobernador Pablo Salazar, acusado por asociación delictuosa y peculado, entre otras causas graves. Lo señalo porque uno de las motivaciones de este personaje, a lo largo de su actuación gubernamental y con el consentimiento de Salazar, fue la de perseguir y reprimir a los críticos mediante la elaboración de leyes, aprobadas por un Congreso lacayuno, tendientes a elevar la coerción de los ilícitos frecuentemente relacionados con la actividad periodística difamación, calumnias y daño moral-, en ocasiones con razón y otras veces, muchas veces, consecuencias de la censura descarada y su cauce hacia la represión.
Desde luego, el procedimiento que se sigue a Herrán, a quien debería seguir otro contra su patrón Salazar, sirve para maldita la cosa luego de que dos editores, Conrado de la Cruz Jiménez y su hijo, perdieran sus vidas como consecuencia de la persecución contra ellos instrumentada, esto es por mantener la vigencia de la crítica en su diario, Cuarto Poder, contra el viento de la impudicia política. Otra vez, el tiempo vino a darnos la razón sin que con ello podamos paliar el dolor acumulado.
Debate. En 2005, en Ciudad Juárez, me advirtieron del peso tremendo, social y político, de las familias adineradas de la región, sobre todo los Zaragoza, los Bermúdez y los Fuentes. Por supuesto, algunas versiones sobre los feminicidios tendían a extender los chantajes a los rutilantes y hasta ahora intocables miembros de la aristocracia juarense tal y como asenté en el libro que Océano me editó al respecto y cuya pobre difusión de hecho, muy extraña- no inhibió a miles de lectores que buscaron los testimonios e incluso, en no pocos casos, los avalaron.
Los Zaragoza se cuecen aparte. Sus heredades son inmensas y van acompañando a los viajeros que se aproximan, por carretera, a la urbe fronteriza. Todos saben de su poder, esto es de su capacidad para instalar alcaldes e incluso gobernadores, financiándolos y avalándolos ante otros representantes del gran capital. Por supuesto, sus vinculaciones han sido de enorme calado a través de los años. No cualquiera, claro, goza del privilegio de mantener enlaces con la mayor paraestatal del país con amplios márgenes de maniobra. Desde la cercanía con el extinto profesor Carlos Hank González hasta los acuerdos soterrados con el que sería uno de los más poderosos clanes políticos de la derecha, los Mouriño con la carga del proyecto presidencial ahora trunco por la muerte de Juan Camilo.
Pero, la verdad, me resulta inexplicable que fueran los propios Zaragoza, en voz del mayor de ellos, quienes difundieran, en una entrevista con Ana Lilia Pérez, sus enjuagues, incluso para explicar sus nexos con los Mouriño y, por consiguiente, con el actual depositario del Ejecutivo federal, Felipe Calderón, quien pasó por la secretaría de Energía antes de convertirse en aspirante a la silla presidencial. Esto es: como si tuvieran prisa por develar los misterios de su encumbramiento acaso para extender mensajes sólo reconocibles entre líneas por sus recipiendarios.
De allí lo extraño de la cuestión. Primero, revelan los puntos oscuros y ellos mismos se colocan la soga al cuello; después, abogados en ristre, proceden en contra de la reportera, de su editor y de las publicaciones respectivas aduciendo que han sufrido "daño moral" al ser exhibidos públicamente. ¿Acaso no sopesaron tales riesgos al momento de extender sus declaraciones a una periodista quien, además, las grabó para no dejar dudas sueltas? La trama es verdaderamente sinuosa y no es sencilla de resolver.
No obstante, más allá de las dudas razonables, existe un hecho incontrovertible: Badillo fue detenido y confinado en el penal "El Torito" y Ana Lilia confronta una orden de aprehensión que le obliga a permanecer guarecida, como si fuera una criminal, a salto de mata. ¿Dónde queda la libertad ante los infundios jurídicos?
El reto. Ya hemos dicho que, en sentido contrario a lo que ocurre con los comunicadores, a las fuentes de información no se les puede acusar por acosar a quienes expresan comentarios y críticos reñidos con las líneas que ellos marcan. En cambio, al extender la figura del "daño moral" para sancionar incluso a quienes develen verdades, corroboradas, que los afectados consideren lesivas para su honra y estatus, se pretende encasillar la actividad periodística aprovechando, por supuesto, no sólo el clima de linchamiento prevaleciente sino también el desprestigio oficioso en el que se encasilla a todos por los pecados de unos cuantos.
La inmoralidad del procedimiento salta a la vista. Es evidente. Y, pese a ello, la rutina se mantiene como si de una Espada de Damocles, situada sobe las cabezas de los informadores, se tratara. A quienes ejercen la crítica, sin embargo, les queda un arma poderosísima: la autoridad moral que, tarde o temprano, se impone. Como en Chiapas... aunque mi viejo amigo Conrado ya no viva para ser justamente vindicado.
Lo más lamentable del caso que nos ocupa es el hilo conductor cuyo extremo llega a lo más alto de la pirámide del poder presidencial. Porque más allá de las buenas intenciones, a las que tantas veces se apunta el señor Calderón, es necesario responder con hechos para fortalecer los debates antes de optar por silenciar a las voces incómodas. Abundaremos.
La anécdota. Releo en "Los Escándalos" Grijalbo, 1999-, una sentencia que parecía entonces inapelable:
--Entiéndalo bien gruñó el director de un cotidiano de la ciudad de México especializado en temas económicos a sus reporteros-. En este sexenio el de Ernesto Zedillo-, nadie puede tocar a Guillermo Ortiz Martínez ni a Eduardo Fernández García. ¡Ah!, tampoco a Jaime Camil el padre, especializado en el contrabando de armas de acuerdo a infinidad de señalamientos-.
De aquel trío sobreviven dos, el primero y el último de la apretada lista. Pero se han agregado otros: entre ellos, los Mouriño más intocables tras su propia tragedia-, y los Zaragoza, protagonistas directos de una de las tramas más escandalosas del presente.
sábado, 31 de enero de 2009
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