sábado, 25 de abril de 2009

Rostros verdaderos

Me llegan al correo electrónico las quejas de no pocos candidatos, sobre todo de Acción Nacional, respecto a las campañas de descalificaciones de las que son objetos por parte de sus adversarios e incluso de críticos de diversas tendencias y con espacios en los medios informativos con presencia en cada plaza. Alguno de ellos, además, reclama su derecho a ser rico y tener ingresos fuera de las gestiones públicas como demostración fehaciente de su éxito personal ante un conglomerado asfixiado que, naturalmente, no le llega ni a los zapatos; y otro explica que por una sola noche de juerga le llaman borracho como si no fuera un ser humano común, con defectos incluidos, capaz de desfogarse de vez en cuando.

fin, las distorsiones son múltiples y por ello me abstengo de citar los nombres de los postulantes en ristre aun cuando cuento con registro puntual de cada uno de ellos porque, claro, de ganar las posiciones legislativas a las que se postularon cada justificación será un antecedente para moldear criterios respecto a los saldos de actuaciones y gestiones políticas llegada la hora. Es curioso: ninguno de los aludidos, ni siquiera por asomo de sencillez republicana, tolera el menor ejercicio de autocrítica lo que los ubica en el mismo plano de aquel legendario personaje del "polivoz", Eduardo Manzano, quien, contoneándose, exclamaba a los cuatros vientos sintiéndose arropado por la devoción de su progenitora:

--¡Ahí... madre!¡Ahí...! –expresión grotesca de vanidad imparable en el linde de la egolatría-.

Porque, claro, en el palenque de la lid comicial, todos son aspirantes a la santidad. En las fotografías se les observa, muy orondos, compartiendo espacios con esposas, hijos y hasta nietos, en semicírculos entrañables en los que no tienen cabida reproches ni episodios deshonrosos como los que, por ejemplo, atosigaron a Sarah Palin, la derrotada aspirante republicana a la vicepresidencia de Estados Unidos presentada como madre de una menor de edad quien había gestado a una pequeñita fuera de tiempo y sin matrimonio. Fue entonces, ante este "descubrimiento", cuando los votantes comenzaron a cuestionarse si el carisma de la dama era tan superficial como su supuesta férrea moral; y acabó siendo arrollada por la opinión pública.

En México, en cambio, nos enteramos de algunas severas irregularidades personales de los hombres públicos cuando éstos ya ocupan cargos de elección popular y han tomado distancia respecto a quienes sufragaron por ellos. ¿Cómo habrían reaccionado las santiguadas damas con alcurnia religiosa, quienes convirtieron al católico Fox en icono de la cristiandad, de haberse enterado que intimaba con su vocera –así fuera con sesgo platónico- mucho antes de matrimoniarse con ella sin reparar en las leyes de la Iglesia? Miles de votos, claro, se hubieran esfumado de las manos del fogoso Vicente quien casi convertía los templetes, en sus mítines, en prolongaciones de los púlpitos inviolables con el respaldo ilegal de las imágenes de la Guadalupana.

La cita, y lo asimilo, es delicada pero absolutamente válida porque se fundamente en hechos incontrovertibles. Y como él, otros aspirantes han centrado su propaganda en la unidad familiar sin exhibir sus verdaderos perfiles, muchas veces como desobligados –alegando razones de entrega al trabajo- o incluso con episodios escandalosos en cuanto a amantes, riñas y desviaciones de distinto tipo. Pero tales asuntos se ocultan con el reclamo, tantas veces visceral, de respeto a la privacidad... aun cuando con ello se engañe al colectivo demandando un liderazgo moral que no poseen.

Ninguno asume tener defectos. Y esto, por sí, debiera llamar a sospecha. ¿Cómo es que los políticos se proponen siempre como un dechado de virtudes y acaban irremisiblemente satanizados? Observen, como muestras, a los ex presidentes: todos ellos fueron casi perfectos, según sus panegiristas y ellos mismos, hasta el momento de bajar los peldaños que les condujeron a la ciudadanía común bajo severas sospechas de prevaricación, sobre todo, pero también de excesos formidables en cada renglón de la vida social. De la cofradía de la mano caída –y ésta se fundamenta en el amafiamiento y no en las preferencias sexuales que deben ser respetadas- a los abusadores infantiles de Cancún existe un amplio abanico de perversidades variopintas. Y bien lo sabemos.

No cuadran, por tanto, los amañados cuadros gregarios –a veces como anuncio de acentuado nepotismo-, con las historias ciertas y los currículos forjados al calor de la vida misma en la que cada quien construye su propio entorno. Los dirigentes, y cuantos se ofrecen para "sacrificarse" en aras del servicio público, no surgen de la chistera de un mago sino del núcleo social en donde, tantas veces, pasan más bien desapercibidos hasta que son beneficiarios de una candidatura.

Basta, para corroborar lo anterior, preguntarnos unos a otros cuándo conocimos a quien hoy, retratado en miles de cartelones casi con aureola, se propone para ser representante de un colectivo que apenas lo está descubriendo. La falacia, entonces, cae por su propio peso.

Debate. Cuando se pregunta a cualquier postulante sobre sus defectos la recurrencia es hacia los lugares comunes: "me entrego demasiado al trabajo y descuido a mi familia", suelen repetir agolando las voces. Y así otras joyas: "me sublevo ante la mentira porque no la tolero", dijo por allí un juicioso aspirante arrogándose el derecho a arrojar del templo a los fariseos pero con riesgo a ser incluido entre éstos. Esto es: el fallo, en sus justificaciones de circunstancias, se exalta como cauce de sus propios y acendrados aciertos personales, sin matices.

Dicen que sería un espléndido negocio comprar a uno de estos candidatos en lo que de verdad valen y venderlos después en lo que ellos mismos creen que valen. Los márgenes de ganancia serían espléndidos, mucho mayores a los que devienen de los negocios más redituables del presente, el narcotráfico y el contrabando de armas, por ejemplo.

En lo personal, me encantaría decidirme a votar por aquel que, juicioso y sereno, ofreciera a la ciudadanía un pormenorizado recuento de sus propios errores proponiendo fórmulas para intentar enmendarlos. Y no sólo ponderar sus sonrisas, bienaventuranzas incluidas, que los elevan sobre una comunidad depauperada y triste por la recurrencia de falsarios convertidos en administradores de los bienes públicos. ¿Han escuchado, siquiera, a alguno de ellos disculparse, en serio, con quienes los eligieron por cuanto no fueron capaces de cumplir? Sólo uno me viene a la memoria, José López Portillo, quien en su discurso inaugural al asumir la Presidencia en diciembre de 1976 pidió perdón a los desposeídos "por no haber acertado a sacarlos de su postración". Pero aquel fue más bien un lance demagógico con mucho de histrionismo en la hora de su asunción al poder; luego, en el ostracismo, no admitió siquiera haber sido frívolo y le enfadaba ser calificado así pese a las evidencias incontrovertibles.

Bueno, la autocrítica también está ausente hasta en quienes no logran sus objetivos –cualquiera que hayan sido las causas-, y no son capaces de meditar, siquiera un instante, sobre sus propios yerros. El caso más a la vista es, sin duda, el del autodesignado "presidente legítimo", quien envía misivas, con faltas de urbanidad política, a los jefes de Estado extranjeros –la más reciente al presidente Obama- fustigando al sistema que, por otra parte, le permitió ser jefe del gobierno defeño jugando con las mismas reglas electorales a las que luego incordió. (Y tal no pretende, de manera alguna, obviar el tremendo desaseo en escrutinios e intervenciones de la cúpula del poder que acaso incidieron en el vuelco oficioso de las preferencias generales en 2006).

Pues bien, este personaje, ávido siempre de reflectores, ni siquiera se ha sentado un momento para reflexionar sobre las graves equivocaciones que se tradujeron en otro fraude mayúsculo: el cometido por él y sus operadores contra cuantos creyeron, votaron e hicieron causa común con él, al no haber sido capaz de defender y proteger, por las vías correspondientes y no por la exaltación callejera, tales sufragios y apoyos.

El reto. ¿Partido o candidato? Fíjense, amables lectores, que la distorsión superficial sobre derechas e izquierdas no es óbice para apreciar, en distintos escenarios, coincidencias notables en la praxis de elementos que supuestamente están separados por firmes cuestiones ideológicas. Dicho de otra manera: hay socialistas que proceden como conservadores y miembros de la elite social superior que acaban siendo vanguardistas.

Una tarde, durante la campaña presidencial de 1994, pregunté al ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas, quien nació entre algodones como heredero de un histórico ex presidente:

--Zedillo –su adversario priísta- procede de una familia clasemediera y trabajadora; usted, en cambio, proviene de un hogar sin penurias económicas. ¿Cómo explicar las posturas de uno y otro de cara al electorado?

El michoacano, uno de los mexicanos más coherentes de cuantos conozco, me respondió sin titubeos:

--Lo importante es lo que representa cada uno: yo busco el bien colectivo y me anima el respaldo popular; él, en cambio, es un servidor de la oligarquía.

Por ello, claro, más vale examinar a los candidatos que votar ciegamente por los partidos bajo el supuesto de una fidelidad sectaria.

La anécdota. A finales de 1987, cuando Carlos Salinas se aprestaba a iniciar su campaña presidencial, se "filtró" la información acerca de que su adversario del PAN, Manuel Clouthier, preparaba un golpe tremendo: presentar a los familiares de una servidora doméstica, Manuela –sin apellidos conocidos-, quien fue muerta en 1955 a causa de las jugarretas infantiles de los hermanos Salinas de Gortari y un vecinito de ellos. Fue entonces cuando Fernando Gutiérrez Barrios, entonces gobernador de Veracruz y operador político del candidato priísta, dio una particular réplica:

-Si Clouthier procede así, entonces tendremos que divulgar que él encierra a sus trabajadores cuando llegan a sus empresas los inspectores del Seguro Social para no darles el alta. Eso y otras cosas.

La advertencia, por lo visto, surtió efecto. Ni una cosa ni otra se produjeron en tanto avanzaba la convocatoria del Frente Democrático Nacional que postuló al ingeniero Cárdenas. Perfiles amañados y consecuencias funestas. Y hubo más, mucho más.

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