Roseanna McGraw era una estadounidense de 27 años que un buen día, en los lejanos años sesenta, apareció desnuda y asesinada en el lago Vattern en Suecia. Un trascabo encontró por casualidad su cadáver. "Medía 1.67... tenía ojos azul grisáceo y el pelo castaño oscuro. Los dientes completamente sanos, sin marcas de cicatrices por intervenciones quirúrgicas ni ningún otro tipo de marcas en el cuerpo, con la excepción de un lunar en la parte alta de la cara interna del muslo izquierdo...", escribió en su informe el médico forense. Sus vacaciones terminaron en tragedia, y el investigador Martin Beck, integrante de la Brigada Nacional de Homicidios, se avocó, con pasión y tenacidad, a aclarar el crimen.
Roseanna, así sin apellido, es la pareja de un testigo protegido del FBI rebautizado como Ernie Molina. Su misión: declarar en contra de la mafia a cambio de seguridad, lo cual implica cambio de nombre, de residencia y de trabajo. Pero el cretino agente que se encarga de custodiarlos hace alarde de mantener una relación amorosa con Roseanna. Frente al propio marido, el agente Ferris Britton, fuerte, joven y ostentoso, se permitía parrafadas como la siguiente: "A juzgar por cómo se comportaba ella pensé que una de dos: o estaba harta o no recibía lo suficiente. A Roseanna le gustaba tener compañía. Cuando Ernie se iba a trabajar al bar, Roseanna me llamaba. Eh, ¿qué estás haciendo? ¿Por qué no pasas a tomar algo? Bitsy y yo estamos aquí solas. Ella y su maldita perra...".
Rozeanna "Roz" Struthers tenía una amiga inseparable, Liliane "Lil" Western, desde su ingreso a la escuela. Sus vidas fueron placenteras, celestes. Lil llegaría a ser una buena atleta y Roz una destacada actriz. Se casaron casi al mismo tiempo, Roz con Harold y Lil con Teho, y cada una de ellas tuvo un hijo: Ian y Tom. Ellos crecieron, Roz se divorció y Lil quedó viuda. Hasta ahí dos historias convencionales. Lo singular de Rozeanna y Liliane es que cada una de ellas sedujo al hijo de su amiga (casi hermana) hasta hacerlo su amante. Las relaciones cuasifamiliares se convirtieron en obsesiones amorosas.
Se trata de tres Roseannas o Rozeannas diferentes, enmarcadas en historias lejanas las unas de las otras. No tienen nada en común, salvo el nombre. La primera aparece en la novela Roseanna, escrita en 1965 por la pareja de escritores Maj Sjowall y Per Wahloo (RBA Libros, Barcelona, 2007, 284 páginas). La segunda es un personaje secundario del thriller Persecución Mortal (Killshot) de Elmore Leonard (Alianza Editorial, Madrid, 2008, 335 páginas). Y la tercera es una de las dos protagonistas centrales de la novela corta o del cuento largo de Doris Lessing, Las abuelas (Ediciones B, Barcelona, 2007, 327 páginas).
A las tres llegué por diferentes vías. En la Feria del Libro de Guadalajara encontré el pequeño tomo de Sjowall y Waloo. Jamás los había leído y ni siquiera había escuchado sus nombres. No obstante, en la portada del libro se anunciaba un prólogo de Henning Mankell, el creador del investigador Mat Wallander, y ello fue suficiente para que me animara a comprarlo. A Elmore Leonard y sus novelas policiacas lo leo cada vez que encuentro un libro suyo, gracias a la sugerencia de un querido amigo madrileño. Y a Doris Lessing la empecé a frecuentar desde que fue reconocida con el Premio Nobel, no antes.
Lo curioso es que leí esos relatos de manera sucesiva y en el orden enunciado. Fue en Manzanillo. En los intermedios no leí ningún otro libro, sólo esos tres. Cuatro autores distintos de tres nacionalidades habían bautizado a sus respectivos personajes con el mismo nombre. Los suecos, el norteamericano y la inglesa habían utilizado el nombre de Roseanna para dar vida a mujeres distintas y distantes.
Las coincidencias pueden ser la sal de la vida. Inexplicables y sorpresivas por un momento sacuden la rutina y abren posibilidades infinitas a la imaginación. Suceden y resulta vano buscar explicaciones. Se develan y le ponen sabor a la rutina. Y cuando resultan extremadamente caprichosas son como agua fresca.
Paul Auster en Experimentos con la verdad (Anagrama, Barcelona, 2006) imagina o transcribe un buen número de historias inverosímiles marcadas por las coincidencias. Ejemplos: A) En Brooklyn, una mujer le avienta desde la ventana una moneda de 10 centavos a su esposo, pero al chocar contra la rama de un árbol cambia de dirección y se pierde; el esposo se va a ver un partido de béisbol al estadio de los Mets, y mientras se fuma un cigarro se encuentra con una moneda de 10 centavos junto a sus pies. B) En Alemania, una amiga parturienta del autor no puede terminar de ver una película (Historia de una monja, con Audrey Hepburn) porque tiene que salir corriendo al hospital; no obstante, mientras espera su segundo parto, prende la televisión y se encuentra la misma película en el momento exacto en el que la había dejado tres años antes.
Hay coincidencias venturosas y trágicas, anodinas y cruciales, menores y mayores, pero todas dejan una estela de sorpresa. Son obsequios que muestran la extrañeza de la vida, la fiesta de lo inesperado, lo pasmoso del transcurrir de los días. Son además imperceptibles para quien tiene resuelta la existencia, para quien sabe mucho de una sola cosa y carece de vocación para ver más allá, para los seducidos por el principio de causalidad (la antípoda de la casualidad, a pesar de parecerse tanto), es decir, para los que tienen explicación para todo.
Lo peor, sin embargo, es cuando suceden y no son percibidas. Cuando pasan frente a nosotros y tenemos los ojos cerrados. Entonces se desvanecen sin dejar huella y son irrecuperables. Y ese regalo se evapora sin dueño.
jueves, 5 de marzo de 2009
martes, 3 de marzo de 2009
Más allá de la víscera
Sé que a muchos mexicanos la noticia les revuelve el estómago. Todo indica que el PRI llega muy fortalecido a las elecciones intermedias. Podrá festejar los 80 años de su fundación original como un fenómeno político cuya capacidad de supervivencia es verdaderamente asombrosa. De continuar las tendencias, el orden entre las tres principales fuerzas políticas difícilmente se alterará. Las diferencias se han ido ensanchando. Diversos estudios presentan al PRI con alrededor de 40 por ciento de intención de voto, al PAN en los bajos treintas y al PRD por debajo de 20 por ciento. El PRI conserva el mayor número de gubernaturas, 18, y lentamente recupera diputaciones locales y municipios. Sigue siendo la fuerza política con mayor presencia en el territorio nacional. Pero más allá de la aversión justificada pensemos en la corrupción que esas siglas generan en muchas personas, es imposible negar que ese partido representa a una gran porción de mexicanos. Está en su interpretación del mundo, del país, es parte de su cultura. Aunque moleste es obligado dejar el estómago al lado y leer esta realidad.
A finales de los años ochenta un amigo muy estudioso pronosticaba que en elecciones limpias el PRI no ganaría un municipio. Esa imagen gravitó fuertemente sobre el PRI. Pero la realidad caminó por otra parte. Hoy tenemos noticias claras de formas ilegales de promover el voto de ese partido que siguen presentes sobre todo en algunas entidades como Oaxaca. Pero resulta imposible generalizar la tesis de mi amigo. El PRI ha aprendido a ganar elecciones por la buena. En México hay competencia política real, es decir posibilidad de desplazamiento de quien gobierna, en alrededor del 80 por ciento de los distritos. En las casillas hay vigilancia cruzada entre los partidos. Además la participación ciudadana es una amplia garantía. La alternancia es real, lo cual le ha permitido al PRI recuperar plazas como en Chihuahua, Nuevo León, Yucatán, las más evidentes. Allí está un primer aprendizaje.
Pero además algunas variables de fondo han cambiado. México es ya un país predominantemente urbano y de clases de ingresos medios. En este país las viejas estructuras corporativas ya no sirven para garantizar triunfos. Cada día hay menos campesinos tradicionales. Los trabajadores de cuello azul ya no aumentan. La mayoría de los mexicanos vive ya del sector terciario, de los servicios. Estos cambios profundos impusieron al PRI el reto de aprender a hacer política con otros instrumentos. No fue fácil. Tuvieron muchos tropiezos. La degradada vida gremial sigue siendo un lastre terrible. El PRI de 2009 con frecuencia gana no por las estructuras corporativas sino a pesar de ellas. Basta con revisar la composición de sus bancadas para observar el lento giro que deja atrás al corporativismo para apoyarse en los candidatos con perfil ciudadano. El PRI ha tenido que reinventarse.
Muchos especialistas han señalado que el PRI y sus antecesores lograron conservarse en el poder en parte por escapar a las rigideces de los partidos ideológicos. Los diferentes presidentes de la República imprimían virajes en las interpretaciones predominantes. Esos virajes respondían a las circunstancias internas y externas. Esa flexibilidad les facilitó mucho la permanencia. Hoy es diferente. Al perder la Presidencia las distintas corrientes han salido a la luz no sin costos. Por ejemplo el haber establecido los famosos "candados" que impiden promover a cuadros técnicos que no han hecho una carrera política tradicional es una sangría. Esa sangría le ha costado muy cara al PRI y al país. Hoy es claro que esos profesionistas sólidos tampoco están en las otras fuerzas políticas. El país los ha perdido.
Sin embargo, la tesis de la flexibilidad ideológica sigue siendo válida, basta con revisar los perfiles de los diferentes gobernadores: Sonora o Nuevo León versus Oaxaca o Puebla. Pero quizá lo más importante para el país de ese rasgo fue permitir que el impulso modernizador pudiera asentarse con apoyo en la Presidencia. Pensemos por ejemplo en Miguel Alemán, De la Madrid, Salinas o Zedillo, pero también Cárdenas, Ruiz Cortines o López Mateos. Casi nueve años después de que el PRI perdiera la Presidencia queda claro lo importante de tener un verdadero proyecto modernizador, que nunca se entendió con Fox, pero también la necesidad de contar con el apoyo sólido de una estructura partidaria, reto de Calderón. Esa imagen también está en el imaginario colectivo que sigue apoyando al PRI: fortaleza en la conducción nacional. Por supuesto que no es ni deseable ni posible regresar a la centralización de poder del pasado, pero también es cierto que la debilidad institucional del Presidente no es una buena noticia.
La vieja idea de disciplina partidaria que tanto fue criticada resurge cuando vemos la brutal capacidad para dañar a sus partidos de algunos personajes. Los datos muestran que ese desorden, impulsado por nuevos caudillos sin vocación institucional, no agradan al votante, de ahí la factura de este 2009. Está además el trabajo fino de selección de los candidatos frente a una opinión pública cada vez más exigente y observante. Cuántas veces no se advirtió que Madrazo garantizaba la derrota para el PRI. No hubo novedad. Como tampoco la hay en que los buenos candidatos ganen elecciones. El votante mexicano, además de que se define en el centro, es poco ideológico.
Así el PRI llega al 80 aniversario de su fundación original siendo el partido con menor rechazo, 25 por ciento, a diferencia del PRD que roza el 50 por ciento. Más allá de algunos personajes siniestros que militan en ese partido y que son lastres, algo está haciendo bien el PRI y hay que reconocerlo.
A finales de los años ochenta un amigo muy estudioso pronosticaba que en elecciones limpias el PRI no ganaría un municipio. Esa imagen gravitó fuertemente sobre el PRI. Pero la realidad caminó por otra parte. Hoy tenemos noticias claras de formas ilegales de promover el voto de ese partido que siguen presentes sobre todo en algunas entidades como Oaxaca. Pero resulta imposible generalizar la tesis de mi amigo. El PRI ha aprendido a ganar elecciones por la buena. En México hay competencia política real, es decir posibilidad de desplazamiento de quien gobierna, en alrededor del 80 por ciento de los distritos. En las casillas hay vigilancia cruzada entre los partidos. Además la participación ciudadana es una amplia garantía. La alternancia es real, lo cual le ha permitido al PRI recuperar plazas como en Chihuahua, Nuevo León, Yucatán, las más evidentes. Allí está un primer aprendizaje.
Pero además algunas variables de fondo han cambiado. México es ya un país predominantemente urbano y de clases de ingresos medios. En este país las viejas estructuras corporativas ya no sirven para garantizar triunfos. Cada día hay menos campesinos tradicionales. Los trabajadores de cuello azul ya no aumentan. La mayoría de los mexicanos vive ya del sector terciario, de los servicios. Estos cambios profundos impusieron al PRI el reto de aprender a hacer política con otros instrumentos. No fue fácil. Tuvieron muchos tropiezos. La degradada vida gremial sigue siendo un lastre terrible. El PRI de 2009 con frecuencia gana no por las estructuras corporativas sino a pesar de ellas. Basta con revisar la composición de sus bancadas para observar el lento giro que deja atrás al corporativismo para apoyarse en los candidatos con perfil ciudadano. El PRI ha tenido que reinventarse.
Muchos especialistas han señalado que el PRI y sus antecesores lograron conservarse en el poder en parte por escapar a las rigideces de los partidos ideológicos. Los diferentes presidentes de la República imprimían virajes en las interpretaciones predominantes. Esos virajes respondían a las circunstancias internas y externas. Esa flexibilidad les facilitó mucho la permanencia. Hoy es diferente. Al perder la Presidencia las distintas corrientes han salido a la luz no sin costos. Por ejemplo el haber establecido los famosos "candados" que impiden promover a cuadros técnicos que no han hecho una carrera política tradicional es una sangría. Esa sangría le ha costado muy cara al PRI y al país. Hoy es claro que esos profesionistas sólidos tampoco están en las otras fuerzas políticas. El país los ha perdido.
Sin embargo, la tesis de la flexibilidad ideológica sigue siendo válida, basta con revisar los perfiles de los diferentes gobernadores: Sonora o Nuevo León versus Oaxaca o Puebla. Pero quizá lo más importante para el país de ese rasgo fue permitir que el impulso modernizador pudiera asentarse con apoyo en la Presidencia. Pensemos por ejemplo en Miguel Alemán, De la Madrid, Salinas o Zedillo, pero también Cárdenas, Ruiz Cortines o López Mateos. Casi nueve años después de que el PRI perdiera la Presidencia queda claro lo importante de tener un verdadero proyecto modernizador, que nunca se entendió con Fox, pero también la necesidad de contar con el apoyo sólido de una estructura partidaria, reto de Calderón. Esa imagen también está en el imaginario colectivo que sigue apoyando al PRI: fortaleza en la conducción nacional. Por supuesto que no es ni deseable ni posible regresar a la centralización de poder del pasado, pero también es cierto que la debilidad institucional del Presidente no es una buena noticia.
La vieja idea de disciplina partidaria que tanto fue criticada resurge cuando vemos la brutal capacidad para dañar a sus partidos de algunos personajes. Los datos muestran que ese desorden, impulsado por nuevos caudillos sin vocación institucional, no agradan al votante, de ahí la factura de este 2009. Está además el trabajo fino de selección de los candidatos frente a una opinión pública cada vez más exigente y observante. Cuántas veces no se advirtió que Madrazo garantizaba la derrota para el PRI. No hubo novedad. Como tampoco la hay en que los buenos candidatos ganen elecciones. El votante mexicano, además de que se define en el centro, es poco ideológico.
Así el PRI llega al 80 aniversario de su fundación original siendo el partido con menor rechazo, 25 por ciento, a diferencia del PRD que roza el 50 por ciento. Más allá de algunos personajes siniestros que militan en ese partido y que son lastres, algo está haciendo bien el PRI y hay que reconocerlo.
¿Catastrofismo sr Presidente?
La portada de la revista El País, semanal de este domingo del diario español, habla más que mil palabras. La fotografía que ocupa toda la portada en blanco y negro asemeja una escena de película de terror: sobre una plancha vemos el cuerpo de una mujer violada y asesinada, en una sala de autopsias de Ciudad Juárez. Un joven vestido civilmente, parece examinarla por la parte de atrás con la ayuda de un foco, mientras que un señor, con un suéter de cuello de tortuga oscuro, de brazos cruzados y guantes de látex, observa la desnudez de la muchacha no mayor de 20 años. A lo lejos, contra el muro, se lee un letrero con letras mayúsculas que dice: Punzo Cortante. El título del reportaje central del semanario se distingue, por la negrura de sus grandes letras: "La muerte imparable. Ciudad Juárez. 1.5 millones de habitantes. Cinco muertes violentas al día. Viaje al rincón más peligroso del mundo". Tanto el contenido del extenso reportaje de Pablo Ordaz como las fotografías de las páginas interiores que lo acompañan, no tienen desperdicio.
El espléndido texto de Ordaz se lee de un tirón. Las imágenes que describe el reportero resultan, además de apabullantes, demasiado familiares: son las mismas que vemos todas las noches en los noticiarios de la televisión. No obstante, leerlas en una publicación extranjera tan prestigiosa como es El País provoca todavía más rabia, más coraje y mucha más vergüenza. Después de lo descrito allí, nos preguntamos, ¿qué turista, mexicano o extranjero, querrá viajar a uno de los rincones "más peligrosos del mundo"? Y eso que el periodista español no se refirió, concretamente, a las muertas de Juárez. Tal vez evitó el tema, como un gesto de compasión hacia los miles de lectores que seguramente tiene el semanario en diferentes países de habla hispana.
En seguida me permito transcribir pequeños fragmentos del extenso reportaje de Ordaz. No hay duda que leerlo en su totalidad resultaría aún más revelador y estrujante; de allí que lo recomiende vivamente aunque luego se nos tache a los periodistas de "catastrofistas" o bien de que estamos contribuyendo a que no venga turismo a nuestro país.
El recorrido que hace Ordaz en Ciudad Juárez, lo realiza junto con unas fuerzas especiales procedentes en su mayoría de las filas del Ejército. Su aventura sucede durante un sábado de febrero escogido al azar, día en que terminan por morir ocho jóvenes asesinados por las "oscuras mafias de la droga".
"Es una guerra extraña la que vive México. Las bajas se cuentan por decenas, todos los días, como en cualquier guerra. Pero aquí no hay dos bandos. Hay muchos, y andan disfrazados".
"Según ha llegado a admitir Felipe Calderón, el presidente de México, más de la mitad de la policía mexicana 'no es recomendable'. Hay casos como el de Tijuana, donde se detectó que nueve de cada 10 policías locales habían sido comprados por el narcotráfico. Incluso entre los 11,000 federales recién contratados, la mitad resultó ser de moral distraída"... "El Paso es una de las ciudades más seguras de Estados Unidos. Ciudad Juárez, la más violenta de México. En El Paso, como en toda frontera, se venden armas de grueso calibre sin ningún impedimento. Aquí se mata con ellas".
"Le llamaban el Señor de los Cielos. De él se dice que tenía una docena de Boeing 727 con los que introducía cocaína en Estados Unidos. La épica de la frontera. Las reglas. El respeto. La complicidad de los gobernantes. Tú hasta aquí y yo hasta allí. Y como último recurso, la muerte. La muerte como herramienta de trabajo, de poder, de advertencia"... "Todo eso se acabó hace algo más de un año. La versión oficial es que tantos años de complacencia con el crimen organizado habían llegado a horadar los cimientos de la República y amenazaban con privatizar el país en su beneficio. 'Los señores de la droga ya estaban tocando las puertas de Los Pinos (la sede de la Presidencia de la República)', dice a media voz uno de los hombres más poderosos de México. 'O los combatíamos o les entregábamos el país. Ya eran dueños de algunos cuerpos enteros de policía que trabajaban para ellos'. El caso es que el presidente, Felipe Calderón, tocó zafarrancho de combate. Hace de eso un año, dos meses y 7,000 muertos".
"'El día que más miedo pasé', comenta una enfermera del servicio de urgencias, 'fue hace sólo unos meses. Recibimos el aviso de que había un joven malherido tirado en la calle. Acababa de ser víctima de un ataque armado. Fuimos hacia allá y llegamos cuando todavía respiraba. No había tiempo que perder. Lo metimos en la ambulancia y salimos corriendo hacia el hospital. A medio camino se nos cruzaron dos furgonetas con los cristales oscuros. Bajaron tres o cuatro encapuchados, nos apuntaron en la cabeza al chofer y a mí y nos dijeron que nos estuviésemos quietos. Fueron a la parte de atrás, sacaron al herido y le dieron el tiro de gracia en medio de la calle... Nos dijeron que, por nuestro bien, la próxima vez no tuviésemos tanto interés en llegar tan rápido...'".
"El procurador general de la República, Eduardo Medina Mora, maneja un dato estremecedor: Al 40% de los que mueren no los reclama nadie".
"Fosas comunes. Esquinas de papel en los diarios. Y la batalla que no cesa. Todos los días, el gobierno de México distribuye una serie de comunicados partes de guerra que dan cuenta de la incautación de armas, de la intervención de droga, de la detención de sicarios. Pero al día siguiente, invariablemente, los noticieros hacer recuento de las bajas, y raro es el día que no superan las dos cifras. Diez en Ciudad Juárez. Cinco en Tijuana. Dos en Culiacán. Total: 17. Hay ciudades marcadas por la tragedia diaria. Suelen ser las sedes fronterizas de los antiguos cárteles de la droga, hoy atomizados por las guerras entre sí y por el embate del Estado, pero también se producen bajas muy cerca del mar Caribe, a pocos metros de las palmeras y los hoteles de lujo".
El espléndido texto de Ordaz se lee de un tirón. Las imágenes que describe el reportero resultan, además de apabullantes, demasiado familiares: son las mismas que vemos todas las noches en los noticiarios de la televisión. No obstante, leerlas en una publicación extranjera tan prestigiosa como es El País provoca todavía más rabia, más coraje y mucha más vergüenza. Después de lo descrito allí, nos preguntamos, ¿qué turista, mexicano o extranjero, querrá viajar a uno de los rincones "más peligrosos del mundo"? Y eso que el periodista español no se refirió, concretamente, a las muertas de Juárez. Tal vez evitó el tema, como un gesto de compasión hacia los miles de lectores que seguramente tiene el semanario en diferentes países de habla hispana.
En seguida me permito transcribir pequeños fragmentos del extenso reportaje de Ordaz. No hay duda que leerlo en su totalidad resultaría aún más revelador y estrujante; de allí que lo recomiende vivamente aunque luego se nos tache a los periodistas de "catastrofistas" o bien de que estamos contribuyendo a que no venga turismo a nuestro país.
El recorrido que hace Ordaz en Ciudad Juárez, lo realiza junto con unas fuerzas especiales procedentes en su mayoría de las filas del Ejército. Su aventura sucede durante un sábado de febrero escogido al azar, día en que terminan por morir ocho jóvenes asesinados por las "oscuras mafias de la droga".
"Es una guerra extraña la que vive México. Las bajas se cuentan por decenas, todos los días, como en cualquier guerra. Pero aquí no hay dos bandos. Hay muchos, y andan disfrazados".
"Según ha llegado a admitir Felipe Calderón, el presidente de México, más de la mitad de la policía mexicana 'no es recomendable'. Hay casos como el de Tijuana, donde se detectó que nueve de cada 10 policías locales habían sido comprados por el narcotráfico. Incluso entre los 11,000 federales recién contratados, la mitad resultó ser de moral distraída"... "El Paso es una de las ciudades más seguras de Estados Unidos. Ciudad Juárez, la más violenta de México. En El Paso, como en toda frontera, se venden armas de grueso calibre sin ningún impedimento. Aquí se mata con ellas".
"Le llamaban el Señor de los Cielos. De él se dice que tenía una docena de Boeing 727 con los que introducía cocaína en Estados Unidos. La épica de la frontera. Las reglas. El respeto. La complicidad de los gobernantes. Tú hasta aquí y yo hasta allí. Y como último recurso, la muerte. La muerte como herramienta de trabajo, de poder, de advertencia"... "Todo eso se acabó hace algo más de un año. La versión oficial es que tantos años de complacencia con el crimen organizado habían llegado a horadar los cimientos de la República y amenazaban con privatizar el país en su beneficio. 'Los señores de la droga ya estaban tocando las puertas de Los Pinos (la sede de la Presidencia de la República)', dice a media voz uno de los hombres más poderosos de México. 'O los combatíamos o les entregábamos el país. Ya eran dueños de algunos cuerpos enteros de policía que trabajaban para ellos'. El caso es que el presidente, Felipe Calderón, tocó zafarrancho de combate. Hace de eso un año, dos meses y 7,000 muertos".
"'El día que más miedo pasé', comenta una enfermera del servicio de urgencias, 'fue hace sólo unos meses. Recibimos el aviso de que había un joven malherido tirado en la calle. Acababa de ser víctima de un ataque armado. Fuimos hacia allá y llegamos cuando todavía respiraba. No había tiempo que perder. Lo metimos en la ambulancia y salimos corriendo hacia el hospital. A medio camino se nos cruzaron dos furgonetas con los cristales oscuros. Bajaron tres o cuatro encapuchados, nos apuntaron en la cabeza al chofer y a mí y nos dijeron que nos estuviésemos quietos. Fueron a la parte de atrás, sacaron al herido y le dieron el tiro de gracia en medio de la calle... Nos dijeron que, por nuestro bien, la próxima vez no tuviésemos tanto interés en llegar tan rápido...'".
"El procurador general de la República, Eduardo Medina Mora, maneja un dato estremecedor: Al 40% de los que mueren no los reclama nadie".
"Fosas comunes. Esquinas de papel en los diarios. Y la batalla que no cesa. Todos los días, el gobierno de México distribuye una serie de comunicados partes de guerra que dan cuenta de la incautación de armas, de la intervención de droga, de la detención de sicarios. Pero al día siguiente, invariablemente, los noticieros hacer recuento de las bajas, y raro es el día que no superan las dos cifras. Diez en Ciudad Juárez. Cinco en Tijuana. Dos en Culiacán. Total: 17. Hay ciudades marcadas por la tragedia diaria. Suelen ser las sedes fronterizas de los antiguos cárteles de la droga, hoy atomizados por las guerras entre sí y por el embate del Estado, pero también se producen bajas muy cerca del mar Caribe, a pocos metros de las palmeras y los hoteles de lujo".
La Historia se Repite
"Se siente como que algo grande está a punto de suceder. Todo ello emerge de forma asimétrica frente al nacimiento del siglo: La singularidad. El final de de todo lo que conocemos y el inicio de algo que tal vez no lleguemos a comprender."
Danny Hillis
Ante el inminente cambio de gobierno en mi estado de Sonora, hago una reflexión de lo que sucede en un mundo que nadie parece entender. Un mundo que amenaza devorarnos cuando caminamos sus veredas con mapas extraídos de los baúles de un pasado que nos heredara miseria y dolor. Tal vez a nuestros precandidatos les sirva para ventear mejor la aventada y agarrar una buena vereda.
Caminamos hacia el final de la primera década del siglo el cual, como letra sagrada, hace realidad las profecías de Davison cuando escribiera: "Cristo, teólogos, filósofos observaron el final de siglo pasado seguros algo anormal se cocinaba en el horizonte. Newton especuló sobre el final del mundo en esta década. Nostradamus anunció el arribo del Anticristo. Carl Jung tuvo la visón de una nueva y totalmente inesperada Nueva Era."
Una gran inseguridad acerca del futuro se expande oscureciendo el optimismo que caracterizó la humanidad los últimos 250 años. En todo el mundo la gente se desvela insegura y preocupada. Se lee en sus rostros, se escucha en sus conversaciones, se refleja en sus votos. Así como algo invisible anuncia una tormenta antes de que las nubes aparezcan en el horizonte, el final de esta década dicta la premonición de un gran cambio y se respira en el ambiente.
A medida que la década expira, se aleja de un violento siglo que muchos quisiéramos olvidar. El inicio de la siguiente estará develando una nueva era de la historia: La era del individuo soberano.
LA HISTORIA SE REPITE
Siempre que los cambios tecnológicos han divorciado poblaciones de las seniles fórmulas controlando la economía, los estándares morales, la política, la gente pierde el respeto para quienes comandan las viejas instituciones. Ello se manifiesta aun antes que se desarrolle una nueva y coherente ideología para ejecutar el cambio. Así sucedió a finales del siglo 15 cuando la medieval Iglesia fuera la institución predominante del federalismo y las monarquías.
La vida de las poblaciones durante ese siglo, fue finalmente saturada por la religión organizada, preparando la tormenta perfecta. Al final de esta década, la vida de las sociedades ha sido saturada por la política. En el siglo 15 el costo de mantener la religión institucionalizada alcanzaba el extremismo. El costo de mantener el estado y soportar sus cadenas hoy día, alcanza ya los mismos extremos.
La religión ante la revolución de las armas de fuego fue sometida, desprendida de sus ilimitados poderes reduciendo su costo e influencia. Una revolución tecnológica similar está destinada a reducir dramáticamente el poder, la influencia y el tamaño de la nación-estado en las siguientes décadas.
Las manifestaciones de esta descomposición las hemos sufrido los últimos meses. Los cambios tecnológicos están no solamente creando graves crisis fiscales a los gobiernos, están por derribar muchas grandes estructuras. Durante el siglo pasado desaparecieron más de 20 imperios. Los gobiernos deberán adaptarse a la creciente autonomía del individuo sin combatirla. La capacidad de la nación-estado para gravar utilizando sus draconianos impuestos, se ha visto ya disminuida entre un 50 a 70%. Ello tiende a definir jurisdicciones pequeñas más ágiles y exitosas
A medida que la nación-estado se descompone, modernos bárbaros asumen el poder tras bambalinas. Grupos como la Mafia Rusa, Narcotraficantes, terroristas y agencias renegadas de gobiernos en caos, controlan ya gran parte del mundo en donde son la única ley. Estos grupos están mucho más infiltrados en los gobiernos de lo que se piensa. Ellos son micro parásito y se alimentan del moribundo sistema. Ante la violencia y falta de escrúpulos que ejerce un estado en guerra, ellos están respondiendo aun con más fuerza y ferocidad. Su creciente influencia y poder, es la manifestación más clara de la decadencia de la nación-estado y con las armas no serán derrotados.
Lo que atestiguamos en los EU -el eje central de la economía mundial- es la más clara manifestación del proceso de putrefacción de los gobiernos. Los EU, como la Roma de hace 2,000 años, es el centro de la geopolítica mundial. Es por ello que en Sonora tenemos boleto de primera fila para el espectáculo y, al igual que Roma, el abuso de los poderes estatales abre la avenida para el gran cambio liderado por individuo soberano. Pero antes de que la manifestación soberana se asiente, la nación-estado, frente a esa temerosa humanidad, llevará a cabo su última violenta carga tratando de sobrevivir.
No conozco a los aspirantes panistas a la gubernatura de mi estado pero, al igual que hace seis años, me encuentro ante la incómoda situación de alabar a dos de los contendientes priistas. Conozco a Ernesto Gándara y Alfonso Elías y el primer ingrediente que sazona mi entusiasmo, es el afirmar que ambos provienen de cunas ejemplares-como diría el Churi-son toritos de buen registro. Tanto la familia Elías como la Gándara, tienen profundas ligas con la mía propia. El abuelo de Alfonso, don Alejandro Elías, al igual que el mío, Manuel P. Torres, fue pilar en la ganadería sonorense. Su padre, Nacho, es un hombre ejemplar e intachable. El padre de Ernesto, don César Gándara, fue un hombre de vida ejemplar y gran amigo de mi padre. Ambos tienen credenciales que los califican.
Ahora yo pregunto: ¿Cuál de estos dos sonorenses tiene las herramientas para someter al tigre? Un estado apuntando hacia una "tormenta mundial sin precedentes." Una tormenta que para calibrarla debemos escuchar al presidente de Rusia advirtiendo el peligro de las políticas socialistas de Obama. Una tormenta precedida por los trillones de dólares emitidos por el FED los últimos meses apuntando hacia hiperinflación y stagflación. Una tormenta que enfrenta ya abiertamente a los modernos bárbaros con la senil nación-estado. Una tormenta decorada con expertos anunciando la inminente caída del Estado mexicano frente al narcotráfico. Una tormenta apuntando hacia la resurrección del viejo nacionalismo y el nefasto mercantilismo.
Cuál de estos dos sonorenses tiene la habilidad para leer el mensaje y asumir el papel del "político asimétrico." Un papel que facilite el cambio en lugar de resistirlo. Que entienda la vieja nación-estado fallece para darle vida a jurisdicciones más pequeñas y agiles. Que se asome al estado de New Hampshire para atestiguar lo que verdaderamente es al federalismo y el culto a la libertad. Un político que no se espante ante las patadas de ahogado de la malherida nación-estado frente a la carga de la libertad y los verdaderos mercados libres.
Estos no son tiempos normales y Sonora, al igual que México, no necesita de políticos tradicionales. Necesita visionarios y estadistas. ¿Los tenemos?
Danny Hillis
Ante el inminente cambio de gobierno en mi estado de Sonora, hago una reflexión de lo que sucede en un mundo que nadie parece entender. Un mundo que amenaza devorarnos cuando caminamos sus veredas con mapas extraídos de los baúles de un pasado que nos heredara miseria y dolor. Tal vez a nuestros precandidatos les sirva para ventear mejor la aventada y agarrar una buena vereda.
Caminamos hacia el final de la primera década del siglo el cual, como letra sagrada, hace realidad las profecías de Davison cuando escribiera: "Cristo, teólogos, filósofos observaron el final de siglo pasado seguros algo anormal se cocinaba en el horizonte. Newton especuló sobre el final del mundo en esta década. Nostradamus anunció el arribo del Anticristo. Carl Jung tuvo la visón de una nueva y totalmente inesperada Nueva Era."
Una gran inseguridad acerca del futuro se expande oscureciendo el optimismo que caracterizó la humanidad los últimos 250 años. En todo el mundo la gente se desvela insegura y preocupada. Se lee en sus rostros, se escucha en sus conversaciones, se refleja en sus votos. Así como algo invisible anuncia una tormenta antes de que las nubes aparezcan en el horizonte, el final de esta década dicta la premonición de un gran cambio y se respira en el ambiente.
A medida que la década expira, se aleja de un violento siglo que muchos quisiéramos olvidar. El inicio de la siguiente estará develando una nueva era de la historia: La era del individuo soberano.
LA HISTORIA SE REPITE
Siempre que los cambios tecnológicos han divorciado poblaciones de las seniles fórmulas controlando la economía, los estándares morales, la política, la gente pierde el respeto para quienes comandan las viejas instituciones. Ello se manifiesta aun antes que se desarrolle una nueva y coherente ideología para ejecutar el cambio. Así sucedió a finales del siglo 15 cuando la medieval Iglesia fuera la institución predominante del federalismo y las monarquías.
La vida de las poblaciones durante ese siglo, fue finalmente saturada por la religión organizada, preparando la tormenta perfecta. Al final de esta década, la vida de las sociedades ha sido saturada por la política. En el siglo 15 el costo de mantener la religión institucionalizada alcanzaba el extremismo. El costo de mantener el estado y soportar sus cadenas hoy día, alcanza ya los mismos extremos.
La religión ante la revolución de las armas de fuego fue sometida, desprendida de sus ilimitados poderes reduciendo su costo e influencia. Una revolución tecnológica similar está destinada a reducir dramáticamente el poder, la influencia y el tamaño de la nación-estado en las siguientes décadas.
Las manifestaciones de esta descomposición las hemos sufrido los últimos meses. Los cambios tecnológicos están no solamente creando graves crisis fiscales a los gobiernos, están por derribar muchas grandes estructuras. Durante el siglo pasado desaparecieron más de 20 imperios. Los gobiernos deberán adaptarse a la creciente autonomía del individuo sin combatirla. La capacidad de la nación-estado para gravar utilizando sus draconianos impuestos, se ha visto ya disminuida entre un 50 a 70%. Ello tiende a definir jurisdicciones pequeñas más ágiles y exitosas
A medida que la nación-estado se descompone, modernos bárbaros asumen el poder tras bambalinas. Grupos como la Mafia Rusa, Narcotraficantes, terroristas y agencias renegadas de gobiernos en caos, controlan ya gran parte del mundo en donde son la única ley. Estos grupos están mucho más infiltrados en los gobiernos de lo que se piensa. Ellos son micro parásito y se alimentan del moribundo sistema. Ante la violencia y falta de escrúpulos que ejerce un estado en guerra, ellos están respondiendo aun con más fuerza y ferocidad. Su creciente influencia y poder, es la manifestación más clara de la decadencia de la nación-estado y con las armas no serán derrotados.
Lo que atestiguamos en los EU -el eje central de la economía mundial- es la más clara manifestación del proceso de putrefacción de los gobiernos. Los EU, como la Roma de hace 2,000 años, es el centro de la geopolítica mundial. Es por ello que en Sonora tenemos boleto de primera fila para el espectáculo y, al igual que Roma, el abuso de los poderes estatales abre la avenida para el gran cambio liderado por individuo soberano. Pero antes de que la manifestación soberana se asiente, la nación-estado, frente a esa temerosa humanidad, llevará a cabo su última violenta carga tratando de sobrevivir.
No conozco a los aspirantes panistas a la gubernatura de mi estado pero, al igual que hace seis años, me encuentro ante la incómoda situación de alabar a dos de los contendientes priistas. Conozco a Ernesto Gándara y Alfonso Elías y el primer ingrediente que sazona mi entusiasmo, es el afirmar que ambos provienen de cunas ejemplares-como diría el Churi-son toritos de buen registro. Tanto la familia Elías como la Gándara, tienen profundas ligas con la mía propia. El abuelo de Alfonso, don Alejandro Elías, al igual que el mío, Manuel P. Torres, fue pilar en la ganadería sonorense. Su padre, Nacho, es un hombre ejemplar e intachable. El padre de Ernesto, don César Gándara, fue un hombre de vida ejemplar y gran amigo de mi padre. Ambos tienen credenciales que los califican.
Ahora yo pregunto: ¿Cuál de estos dos sonorenses tiene las herramientas para someter al tigre? Un estado apuntando hacia una "tormenta mundial sin precedentes." Una tormenta que para calibrarla debemos escuchar al presidente de Rusia advirtiendo el peligro de las políticas socialistas de Obama. Una tormenta precedida por los trillones de dólares emitidos por el FED los últimos meses apuntando hacia hiperinflación y stagflación. Una tormenta que enfrenta ya abiertamente a los modernos bárbaros con la senil nación-estado. Una tormenta decorada con expertos anunciando la inminente caída del Estado mexicano frente al narcotráfico. Una tormenta apuntando hacia la resurrección del viejo nacionalismo y el nefasto mercantilismo.
Cuál de estos dos sonorenses tiene la habilidad para leer el mensaje y asumir el papel del "político asimétrico." Un papel que facilite el cambio en lugar de resistirlo. Que entienda la vieja nación-estado fallece para darle vida a jurisdicciones más pequeñas y agiles. Que se asome al estado de New Hampshire para atestiguar lo que verdaderamente es al federalismo y el culto a la libertad. Un político que no se espante ante las patadas de ahogado de la malherida nación-estado frente a la carga de la libertad y los verdaderos mercados libres.
Estos no son tiempos normales y Sonora, al igual que México, no necesita de políticos tradicionales. Necesita visionarios y estadistas. ¿Los tenemos?
lunes, 2 de marzo de 2009
Aristocracia Política
Aunque México es la economía número catorce (hasta nuevo aviso), ocupa también el lugar número quince con peor distribución del ingreso. Pero también es uno de los países que mejor pagan a su élite burocrática y política, muchas veces por encima de los países más ricos y prósperos. México nació para ser explotado por la élite del poder en turno. Ese es el estigma de la Conquista, que no fue superado por la Independencia, la Reforma o la Revolución de 1910. Tampoco la "democratización" actual está logrando y al parecer ni siquiera intentando modificar ese triste destino.
Debiéramos por lo pronto aprovechar el frustrado intento de los consejeros del IFE de elevarse el salario en 45 % (salvo Alfredo Figueroa, que siempre se opuso), para revisar la política salarial de nuestra aristocracia política, la cual, independientemente de la importancia de sus responsabilidades, debiera tener ingresos acordes al nivel socioeconómico del país, que no es precisamente boyante. Se quejan algunos de los consejeros del IFE que se les mide con una vara más severa que a otras instituciones, con las cuales la opinión pública suele ser más complaciente. Es cierto en buena medida. Y probablemente eso se debe a que el IFE se erigió como el principal eje democratizador, por lo que se espera de sus directivos y autoridades algo más que del resto de la clase política en general. Ese es un precio que deben pagar los consejeros a cambio del mayor prestigio y confianza que la ciudadanía otorga al IFE en relación, por ejemplo, con el Congreso y los partidos políticos (cuya evaluación está al nivel de las nada confiables policías).
Es cierto también que los exorbitantes salarios que ya no recibirán los consejeros del IFE los disfrutan desde hace tiempo los ministros de la Suprema Corte de Justicia (5 millones al año, cada ministro) cuyo desempeño ha dejado mucho qué desear. Baste recordar la grosera exoneración moral que extendieron al impresentable Mario Marín, con argumentos rebuscados y nada convincentes. Y en el caso de Atenco también se quedaron cortos, pues pese a la evidencia de la brutalidad policiaca, los jefes políticos aplaudieron e incluso premiaron a sus cavernícolas, en lugar de sancionarlos. La Corte ha contribuido a apuntalar, en lugar de combatir, la endémica impunidad mexicana. No, no merecen los salarios de superlujo que reciben.
En un nivel salarial parecido están también los magistrados del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (TEPJF). Pero no hay justificación social ni profesional para tan ofensivas prebendas. Baste recordar la forma en que los magistrados manejaron la elección de 2006, sin la exhaustividad a la que estaban obligados, con un dictamen final lleno de hoyos y contradicciones, ofreciendo además una información distinta a la consignada en las actas electorales (en abierto engaño a la ciudadanía), y habiendo modificado sobre la marcha criterios de interpretación legal sobre los mismos asuntos (un fraude a la ley). Quizá lo hicieron por temor, por presiones provenientes de altos niveles, o por sesgos personales. Por lo que haya sido, lo indiscutible es que quedaron muy por debajo de las circunstancias de ese delicado proceso.
Siguiendo con el resto de la aristocracia política, si bien sus salarios no son tan insultantes como los del poder Judicial (aunque sí lo son en el caso de muchos alcaldes y gobernadores), siguen siendo elevados en relación con las mismas dos variables; su pobre desempeño profesional y la situación socioeconómica del país. No hay más que ver el desempeño de la mayoría del gabinete presidencial (con sus excepciones), sus torpes declaraciones, sus magros resultados, su inoperancia política, los escándalos que provocan, para saber que su calidad no justifica sus ingresos. Desde luego, puede aflorar una vez más el viejo argumento de que las elevadas remuneraciones responden al propósito de inhibir la corrupción (dando por sentado que quienes ahí llegan son perfectamente corruptibles, lo cual parece cierto), Pero resulta que, sea cual sea el nivel salarial, la corrupción sigue siendo un mal endémico y estructural (que no se penaliza ni por casualidad). Viene por otro lado la competitividad del mercado laboral. Si los salarios fueran más modestos -argumentan- los mejores se irían a la iniciativa privada, que llega a pagar mucho mejores sueldos. Eso alegaba el mediocrazo ex-gobernador de Querétaro, Ignacio Loyola, para justificar sus trescientos cincuenta mil pesos mensuales de salario. Y eso de que con buenos ingresgos se puede contratar a los mejores no está nada claro; prevalecen el compadrazgo, las cuotas partidarias y los compromisos políticos como criterios de selección, no la preparación, la destreza ni la experiencia profesional. Quien no tenga vocación de servicio público mejor estaría en la iniciativa privada, si de verdad es alguien competitivo y eficaz (como difícilmente lo son nuestros aristócratas políticos).
Y de los legisladores, más vale no hablar. Lo único decente que podrían hacer ahora es aprobar la congelada iniciativa de la Ley de Salarios Máximos, para que ningún servidor pueda designar su propio salario ni recibir un ingreso mayor al del jefe del Estado, con las excepciones de los especialistas que determine el Congreso en cada caso (el PAN pone resistencia a esto último, pues prefiere dejar las excepciones abiertas). Más aún, nada mal estaría que por lo pronto se bajara el nivel de salarios de la aristocracia política en al menos un 10 %. No sería demagogia ni populismo, sino un mínimo de sensibilidad social en estos tiempos de crisis, desempleo y devaluación.
Debiéramos por lo pronto aprovechar el frustrado intento de los consejeros del IFE de elevarse el salario en 45 % (salvo Alfredo Figueroa, que siempre se opuso), para revisar la política salarial de nuestra aristocracia política, la cual, independientemente de la importancia de sus responsabilidades, debiera tener ingresos acordes al nivel socioeconómico del país, que no es precisamente boyante. Se quejan algunos de los consejeros del IFE que se les mide con una vara más severa que a otras instituciones, con las cuales la opinión pública suele ser más complaciente. Es cierto en buena medida. Y probablemente eso se debe a que el IFE se erigió como el principal eje democratizador, por lo que se espera de sus directivos y autoridades algo más que del resto de la clase política en general. Ese es un precio que deben pagar los consejeros a cambio del mayor prestigio y confianza que la ciudadanía otorga al IFE en relación, por ejemplo, con el Congreso y los partidos políticos (cuya evaluación está al nivel de las nada confiables policías).
Es cierto también que los exorbitantes salarios que ya no recibirán los consejeros del IFE los disfrutan desde hace tiempo los ministros de la Suprema Corte de Justicia (5 millones al año, cada ministro) cuyo desempeño ha dejado mucho qué desear. Baste recordar la grosera exoneración moral que extendieron al impresentable Mario Marín, con argumentos rebuscados y nada convincentes. Y en el caso de Atenco también se quedaron cortos, pues pese a la evidencia de la brutalidad policiaca, los jefes políticos aplaudieron e incluso premiaron a sus cavernícolas, en lugar de sancionarlos. La Corte ha contribuido a apuntalar, en lugar de combatir, la endémica impunidad mexicana. No, no merecen los salarios de superlujo que reciben.
En un nivel salarial parecido están también los magistrados del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (TEPJF). Pero no hay justificación social ni profesional para tan ofensivas prebendas. Baste recordar la forma en que los magistrados manejaron la elección de 2006, sin la exhaustividad a la que estaban obligados, con un dictamen final lleno de hoyos y contradicciones, ofreciendo además una información distinta a la consignada en las actas electorales (en abierto engaño a la ciudadanía), y habiendo modificado sobre la marcha criterios de interpretación legal sobre los mismos asuntos (un fraude a la ley). Quizá lo hicieron por temor, por presiones provenientes de altos niveles, o por sesgos personales. Por lo que haya sido, lo indiscutible es que quedaron muy por debajo de las circunstancias de ese delicado proceso.
Siguiendo con el resto de la aristocracia política, si bien sus salarios no son tan insultantes como los del poder Judicial (aunque sí lo son en el caso de muchos alcaldes y gobernadores), siguen siendo elevados en relación con las mismas dos variables; su pobre desempeño profesional y la situación socioeconómica del país. No hay más que ver el desempeño de la mayoría del gabinete presidencial (con sus excepciones), sus torpes declaraciones, sus magros resultados, su inoperancia política, los escándalos que provocan, para saber que su calidad no justifica sus ingresos. Desde luego, puede aflorar una vez más el viejo argumento de que las elevadas remuneraciones responden al propósito de inhibir la corrupción (dando por sentado que quienes ahí llegan son perfectamente corruptibles, lo cual parece cierto), Pero resulta que, sea cual sea el nivel salarial, la corrupción sigue siendo un mal endémico y estructural (que no se penaliza ni por casualidad). Viene por otro lado la competitividad del mercado laboral. Si los salarios fueran más modestos -argumentan- los mejores se irían a la iniciativa privada, que llega a pagar mucho mejores sueldos. Eso alegaba el mediocrazo ex-gobernador de Querétaro, Ignacio Loyola, para justificar sus trescientos cincuenta mil pesos mensuales de salario. Y eso de que con buenos ingresgos se puede contratar a los mejores no está nada claro; prevalecen el compadrazgo, las cuotas partidarias y los compromisos políticos como criterios de selección, no la preparación, la destreza ni la experiencia profesional. Quien no tenga vocación de servicio público mejor estaría en la iniciativa privada, si de verdad es alguien competitivo y eficaz (como difícilmente lo son nuestros aristócratas políticos).
Y de los legisladores, más vale no hablar. Lo único decente que podrían hacer ahora es aprobar la congelada iniciativa de la Ley de Salarios Máximos, para que ningún servidor pueda designar su propio salario ni recibir un ingreso mayor al del jefe del Estado, con las excepciones de los especialistas que determine el Congreso en cada caso (el PAN pone resistencia a esto último, pues prefiere dejar las excepciones abiertas). Más aún, nada mal estaría que por lo pronto se bajara el nivel de salarios de la aristocracia política en al menos un 10 %. No sería demagogia ni populismo, sino un mínimo de sensibilidad social en estos tiempos de crisis, desempleo y devaluación.
Narrativa
Las metáforas del mando giran con frecuencia alrededor de las imágenes de la acción arriesgada: el capitán que conduce una embarcación en aguas revueltas; el cirujano que detecta la enfermedad y aplica la cura, el cirujano que abre la piel para extirpar el tumor, el general que diseña la estrategia de ataque y dirige a las tropas en el combate. Las metáforas también bordan el universo de la planeación reposada y cerebral: el arquitecto que traza líneas para proyectar los espacios de la convivencia; el ingeniero que diseña las catapultas de la acción colectiva. El gobernante como general, como diseñador, médico o capitán. Si seguimos esas alegorías asumiremos que el gobernante actúa directamente en la realidad y responde solamente por el resultado de sus actos. Equipado de los instrumentos de su oficio, diseña un puente o planea una batalla. El mando en el lápiz, el bisturí, las riendas. Los efectos de su inteligencia habrán de verse directamente en el mundo: victoria en la guerra, arribo al puerto; alivio del paciente; levantamiento de la casa.
Un componente esencial de la labor política se ausenta en cada uno de esos símbolos: la labor de la narrativa. Es que la acción política no depende en exclusiva de sus instrumentos ni de sus maniobras. En eso se separa de aquellas alusiones a la inteligencia práctica. El arquitecto ha de ser también fabulista; el comandante debe ser cuentista, el capitán un narrador. En la televisión puede verse el cuento de un médico genial que es capaz de escapar los engaños de sus pacientes para descubrir las enfermedades más encubiertas. Un científico con la sabiduría de un cínico y la rudeza de un salvaje. La aspereza de su trato no obstaculiza el tino de su juicio. Por el contrario, el taladro de su inteligencia se abre paso gracias al olvido de las cortesías. El doctor House que aparece en la televisión sabe que no hay más que una herramienta para la cura de sus pacientes: la ciencia. Por eso no hay razón para perder el tiempo en amabilidades y consuelos; ninguna razón para confiar en la voz del enfermo ni para malgastar energía animando al moribundo con esperanzas. Al paciente no se le explica nada: se le cura. Basta una percepción aguda y familiaridad con los descubrimientos de la ciencia. El personaje de la serie ilustra el carácter rigurosamente técnico de su oficio. El doctor House se acerca a un paciente con la pasión con la que un hombre de ciencia acomete un experimento que lo pone a prueba. Un desafío estrictamente intelectual: la enfermedad es una carrera contra reloj: lograr el diagnóstico y prescribir el tratamiento antes de que gane la muerte. Punto.
Me refiero al hecho de que la acción política no es solamente acción. También es narración. No es solamente decisión sino también relato sobre el contexto en el que se inserta esa decisión. No basta el diagnóstico, es necesaria una descripción persuasiva. No es suficiente la prescripción, hace falta también una invitación.
Hablo de esto porque el estrechamiento de la política en México coincide con su abdicación narrativa. Tras la fábula de la nación descubierta y la ruta mexicana al progreso de la vieja retórica revolucionaria apareció un cuento fugaz: el país que asalta la modernidad por el puente de la aritmética electoral y la economía abierta. El agotamiento de esos relatos dejó un enorme vacío que ha sido remplazado por la simple descripción de hechos que se acumulan y la exhibición de decisiones inconexas. Ese es uno de los vacíos más profundos del panismo gobernante y, particularmente, de la administración de Felipe Calderón. Tiempos extraordinarios, dramáticos, cargados de peligros que no encuentran en los voceros oficiales más que enumeración de eventos, recuento de hechos, anuncio de decisiones, presunción de valentía. Nada que enlace los datos y las anécdotas, nada que inserte el caos del presente con algún otro tiempo significativo, nada que vincule los riesgos con las oportunidades. Estamos atrapados en un tren, sin poder ver el mirador del primer vagón. Sin posibilidad tampoco de asomarnos a lo que hay más atrás de lo inmediato. Por la ventana vemos cuerpos tendidos, cadáveres sangrientos pero no sabemos a dónde vamos. Escuchamos gritos, sentimos miedo. Del vagón del conductor emergen mensajes inconexos, incoherentes que describen el optimismo como una forma de patriotismo. No sabemos si avanzamos hacia la tranquilidad o si estamos más cerca de la catástrofe. El maquinista no ofrece información relevante: simplemente nos pide un voto de confianza. No cierra nuestras ventanas, ni pretende proyectar una película con paisajes primorosos, es cierto. No nos engaña, pero tampoco nos ubica, no nos ayuda a ponderar los retos, ni a percibir el rumbo. Sin suerte, intenta animarnos.
En ausencia de una narración convincente desde el gobierno, en ausencia de un relato razonable y verosímil, impera una profunda confusión. A falta de relato que ponga las cosas en su sitio, a falta de una historia que explique génesis y transformación de nuestra crisis y que explique el propósito y el alcance de la política gubernamental, impera el caos de imágenes que nos bombardean los medios. Nos salpica una violencia sin sentido que aparece por todas partes. Impera la inmediatez del periodismo. No aparece por ningún lado el faro de la política. Un gobierno sin narrativa no hace política. Por más que actúe, por más que hable, es incapaz de proveer sentido a las circunstancias y dirección a sus acciones. No hace política: se rasca, reaccionando a la comezón de los eventos
Un componente esencial de la labor política se ausenta en cada uno de esos símbolos: la labor de la narrativa. Es que la acción política no depende en exclusiva de sus instrumentos ni de sus maniobras. En eso se separa de aquellas alusiones a la inteligencia práctica. El arquitecto ha de ser también fabulista; el comandante debe ser cuentista, el capitán un narrador. En la televisión puede verse el cuento de un médico genial que es capaz de escapar los engaños de sus pacientes para descubrir las enfermedades más encubiertas. Un científico con la sabiduría de un cínico y la rudeza de un salvaje. La aspereza de su trato no obstaculiza el tino de su juicio. Por el contrario, el taladro de su inteligencia se abre paso gracias al olvido de las cortesías. El doctor House que aparece en la televisión sabe que no hay más que una herramienta para la cura de sus pacientes: la ciencia. Por eso no hay razón para perder el tiempo en amabilidades y consuelos; ninguna razón para confiar en la voz del enfermo ni para malgastar energía animando al moribundo con esperanzas. Al paciente no se le explica nada: se le cura. Basta una percepción aguda y familiaridad con los descubrimientos de la ciencia. El personaje de la serie ilustra el carácter rigurosamente técnico de su oficio. El doctor House se acerca a un paciente con la pasión con la que un hombre de ciencia acomete un experimento que lo pone a prueba. Un desafío estrictamente intelectual: la enfermedad es una carrera contra reloj: lograr el diagnóstico y prescribir el tratamiento antes de que gane la muerte. Punto.
Me refiero al hecho de que la acción política no es solamente acción. También es narración. No es solamente decisión sino también relato sobre el contexto en el que se inserta esa decisión. No basta el diagnóstico, es necesaria una descripción persuasiva. No es suficiente la prescripción, hace falta también una invitación.
Hablo de esto porque el estrechamiento de la política en México coincide con su abdicación narrativa. Tras la fábula de la nación descubierta y la ruta mexicana al progreso de la vieja retórica revolucionaria apareció un cuento fugaz: el país que asalta la modernidad por el puente de la aritmética electoral y la economía abierta. El agotamiento de esos relatos dejó un enorme vacío que ha sido remplazado por la simple descripción de hechos que se acumulan y la exhibición de decisiones inconexas. Ese es uno de los vacíos más profundos del panismo gobernante y, particularmente, de la administración de Felipe Calderón. Tiempos extraordinarios, dramáticos, cargados de peligros que no encuentran en los voceros oficiales más que enumeración de eventos, recuento de hechos, anuncio de decisiones, presunción de valentía. Nada que enlace los datos y las anécdotas, nada que inserte el caos del presente con algún otro tiempo significativo, nada que vincule los riesgos con las oportunidades. Estamos atrapados en un tren, sin poder ver el mirador del primer vagón. Sin posibilidad tampoco de asomarnos a lo que hay más atrás de lo inmediato. Por la ventana vemos cuerpos tendidos, cadáveres sangrientos pero no sabemos a dónde vamos. Escuchamos gritos, sentimos miedo. Del vagón del conductor emergen mensajes inconexos, incoherentes que describen el optimismo como una forma de patriotismo. No sabemos si avanzamos hacia la tranquilidad o si estamos más cerca de la catástrofe. El maquinista no ofrece información relevante: simplemente nos pide un voto de confianza. No cierra nuestras ventanas, ni pretende proyectar una película con paisajes primorosos, es cierto. No nos engaña, pero tampoco nos ubica, no nos ayuda a ponderar los retos, ni a percibir el rumbo. Sin suerte, intenta animarnos.
En ausencia de una narración convincente desde el gobierno, en ausencia de un relato razonable y verosímil, impera una profunda confusión. A falta de relato que ponga las cosas en su sitio, a falta de una historia que explique génesis y transformación de nuestra crisis y que explique el propósito y el alcance de la política gubernamental, impera el caos de imágenes que nos bombardean los medios. Nos salpica una violencia sin sentido que aparece por todas partes. Impera la inmediatez del periodismo. No aparece por ningún lado el faro de la política. Un gobierno sin narrativa no hace política. Por más que actúe, por más que hable, es incapaz de proveer sentido a las circunstancias y dirección a sus acciones. No hace política: se rasca, reaccionando a la comezón de los eventos
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Jesus Silva-Hersog Marquez
Tribunal Electoral y salarios máximos
El frustrado intento de los consejeros del Instituto Federal Electoral para aumentarse el 46 por ciento de sus percepciones justo en el inicio de una crisis económica sin precedentes en nada abona a la confiabilidad de las autoridades electorales. Uno de ellos me confiaba que lo único que deseaban es que no se perdiera su capacidad adquisitiva en dólares. Así, sin asomo de pena alguna. Los consejeros del IFE no son los únicos. En un reportaje de la revista Transparencia &Corrupción (www.revistatransparencia) se documenta la inequidad de la que hacen gala también los magistrados del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación.
De entrada, perciben ingresos superiores al Presidente de la República en un 110%; es decir, tienen un sueldo base de 316, 982 pesos mensuales en comparación con 148, 015 del titular del Poder Ejecutivo Federal. Las cosas no se quedan ahí. Al hacer un comparativo entre México, Estados Unidos, Canadá y España, los resultados son indignantes. En efecto, mientras los magistrados del TEPJF perciben salarios de 28 mil dólares al tipo de cambio actual, sus contrapartes en Estados Unidos reciben 17 mil dólares, en Canadá, 20 mil y en España, 13 mil dólares americanos.
Del otro lado del mostrador, al investigar el monto de los sueldos mínimos mensuales, las cifras resultan aterradoras para nosotros. En México, un trabajador obtiene 130 dólares mensuales, en España, 994, en Canadá, 1090 y en Estados Unidos, 1100. El mundo al revés. En la base de la pirámide social los mexicanos ganan una miseria, pero en la cúspide sucede exactamente lo contrario. Si uno se cuestiona cuántos salarios mínimos mensuales cuesta en cada país un magistrado electoral o su equivalente, las cifras siguen la misma línea. En efecto, mientras en España un magistrado cuesta 14 salarios mínimos, en Estados Unidos, 15 y en Canadá, 20, en México- óigalo bien- cuesta ¡200! salarios mínimos; es decir, el 1000 por ciento más en relación a su más cercana referencia, Canadá. Pero no se enoje, esto apenas comienza. Si se compara cuántos ayudantes tiene cada staff o ponencia de cada magistrado los datos son coherentes con lo que aquí se afirma. En España, los asistentes cuestan 26 mil dólares, en Canadá, 30 mil, en Estados Unidos, 40 mil y en México, ¡170 mil dólares! Esto significa que en Estados Unidos, Canadá y España tienen entre 2 y 5 personas en las ponencias, en México tienen 34, incluidas la nada despreciable cifra de 10 secretarias y dos camionetas, una de ellas blindadas, entre muchos apoyos más.
La capacidad de asombro sigue. Al revisar 30 minutos de la navegación de las páginas web por todas las computadoras del TEPJF, otorgado por la propia institución como un dato modélico, se observa que sólo el 3% del tiempo de navegación corresponde a páginas relacionadas directamente con las actividades jurisdiccionales y el 97% a otros rubros, entre ellos páginas de contenido erótico y medicamentos para la disfunción eréctil más un largo etcétera. Por supuesto, nuestros magistrados, secretarios de estudio y cuenta y personal de apoyo tienen derecho a navegar por donde quieran, pero no con las computadoras pagadas por la sociedad, el servidor de internet cargado al erario y en su horario de trabajo. Esos son los garantes de la democracia electoral mexicana pintados de cuerpo entero.
Por todo lo anterior, es necesario que la iniciativa de Ley de Salarios Máximos se descongele y se apruebe, de suerte que la autonomía constitucional no sirva de coartada para servirse sin medida de los recursos de la comunidad. Y es necesario que la ley sea aprobada porque la moral pública está ausente en México. Es verdad que los magistrados podrían autorizarse un salario menor en el marco de sus atribuciones, pero no lo hacen porque ponen delante su interés personal sobre el interés público. Por si lo anterior fuera poco, el TEPJF ha retirado de su encargo a la maestra Gabriela Vargas, como directora general de la unidad de enlace. Su falta: abrir la información y estar comprometida con el derecho a saber y el cumplimiento escrupuloso de la ley. Desde tiempo atrás he criticado al TEPJF por sus excesos, pero quiero dejar constancia de la enorme valía de la maestra Vargas cuya ausencia es presagio de una cerrazón informativa en ese órgano jurisdiccional en perjuicio de todos. Se sacrifica al mensajero, pero se deja a salvo el mensaje que ofende a la sociedad.
De entrada, perciben ingresos superiores al Presidente de la República en un 110%; es decir, tienen un sueldo base de 316, 982 pesos mensuales en comparación con 148, 015 del titular del Poder Ejecutivo Federal. Las cosas no se quedan ahí. Al hacer un comparativo entre México, Estados Unidos, Canadá y España, los resultados son indignantes. En efecto, mientras los magistrados del TEPJF perciben salarios de 28 mil dólares al tipo de cambio actual, sus contrapartes en Estados Unidos reciben 17 mil dólares, en Canadá, 20 mil y en España, 13 mil dólares americanos.
Del otro lado del mostrador, al investigar el monto de los sueldos mínimos mensuales, las cifras resultan aterradoras para nosotros. En México, un trabajador obtiene 130 dólares mensuales, en España, 994, en Canadá, 1090 y en Estados Unidos, 1100. El mundo al revés. En la base de la pirámide social los mexicanos ganan una miseria, pero en la cúspide sucede exactamente lo contrario. Si uno se cuestiona cuántos salarios mínimos mensuales cuesta en cada país un magistrado electoral o su equivalente, las cifras siguen la misma línea. En efecto, mientras en España un magistrado cuesta 14 salarios mínimos, en Estados Unidos, 15 y en Canadá, 20, en México- óigalo bien- cuesta ¡200! salarios mínimos; es decir, el 1000 por ciento más en relación a su más cercana referencia, Canadá. Pero no se enoje, esto apenas comienza. Si se compara cuántos ayudantes tiene cada staff o ponencia de cada magistrado los datos son coherentes con lo que aquí se afirma. En España, los asistentes cuestan 26 mil dólares, en Canadá, 30 mil, en Estados Unidos, 40 mil y en México, ¡170 mil dólares! Esto significa que en Estados Unidos, Canadá y España tienen entre 2 y 5 personas en las ponencias, en México tienen 34, incluidas la nada despreciable cifra de 10 secretarias y dos camionetas, una de ellas blindadas, entre muchos apoyos más.
La capacidad de asombro sigue. Al revisar 30 minutos de la navegación de las páginas web por todas las computadoras del TEPJF, otorgado por la propia institución como un dato modélico, se observa que sólo el 3% del tiempo de navegación corresponde a páginas relacionadas directamente con las actividades jurisdiccionales y el 97% a otros rubros, entre ellos páginas de contenido erótico y medicamentos para la disfunción eréctil más un largo etcétera. Por supuesto, nuestros magistrados, secretarios de estudio y cuenta y personal de apoyo tienen derecho a navegar por donde quieran, pero no con las computadoras pagadas por la sociedad, el servidor de internet cargado al erario y en su horario de trabajo. Esos son los garantes de la democracia electoral mexicana pintados de cuerpo entero.
Por todo lo anterior, es necesario que la iniciativa de Ley de Salarios Máximos se descongele y se apruebe, de suerte que la autonomía constitucional no sirva de coartada para servirse sin medida de los recursos de la comunidad. Y es necesario que la ley sea aprobada porque la moral pública está ausente en México. Es verdad que los magistrados podrían autorizarse un salario menor en el marco de sus atribuciones, pero no lo hacen porque ponen delante su interés personal sobre el interés público. Por si lo anterior fuera poco, el TEPJF ha retirado de su encargo a la maestra Gabriela Vargas, como directora general de la unidad de enlace. Su falta: abrir la información y estar comprometida con el derecho a saber y el cumplimiento escrupuloso de la ley. Desde tiempo atrás he criticado al TEPJF por sus excesos, pero quiero dejar constancia de la enorme valía de la maestra Vargas cuya ausencia es presagio de una cerrazón informativa en ese órgano jurisdiccional en perjuicio de todos. Se sacrifica al mensajero, pero se deja a salvo el mensaje que ofende a la sociedad.
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